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El Entorno Social Islámico

Parte del libro “El Islam y su respuesta a las cuestiones actuales” por Hazrat Mirza Tahir Ahmad (ra)

El entorno social islámico

El Islam, por otra parte, pretende crear un ambiente que es tan diferente del mencionado anteriormente, como la primavera lo es del verano.

Dentro del concepto islámico de sociedad, el Islam modera, disciplina y adorna los deseos naturales que, de dejarse sin control, causarían estragos en el conjunto de las emociones humanas. Desalienta o prohíbe la satisfacción de aquellos deseos que pueden, en su análisis final, causar mayor miseria que placer a la sociedad.

Al mismo tiempo, el Islam cultiva nuevos gustos e ideas y desarrolla la capacidad de obtener placeres y satisfacciones de actos que pudieran parecer incoloros, insípidos y desprovistos de gusto a los ojos del inculto y del inexperto. Los gustos son modificados y los anhelos sensuales groseros son educados y refinados, y convertidos en aspiraciones por lo sublime.

La cuestión, sin embargo, es ¿cómo determinar si las tendencias sociales actuales predominantes son sanas para la propia sociedad? Desde mi punto de vista la respuesta es muy sencilla. La salud de la sociedad ha de ser juzgada por los mismos síntomas que la salud de un individuo. Cuando alguien tiene dolor, inquietud, sus reacciones son anormales o sub-normales, o cuando la ansiedad aleja la tranquilidad y la paz de la mente y del corazón de dicho sujeto, no se requiere ser excepcionalmente sabio o experto en medicina para diagnosticar que tal individuo insano se encuentra seriamente enfermo. Todos estos síntomas están presentes en la sociedad contemporánea.

Cuán ciertas eran las palabras de Jesús (as) cuando decía:

Por sus frutas los reconoceréis ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos”. (Mateo 7: 16-18)

La gente enronquece a fuerza de gritar contra la amargura de los frutos de hoy, pero, de una u otra manera, no quieren cambiar el árbol por otro mejor. Son incapaces de ver que no es el árbol el que tiene la culpa, ni tampoco la fruta que porta.

El orden social islámico pretende extirpar en su raíz el árbol del mal y plantar en su lugar otro árbol sano.

Según el Santo Corán, cuando a Adán (as) se le prohibió que comiera de la fruta del árbol, esto era precisamente lo que se quería significar:

¿No ves con qué compara Al’lah una buena palabra? Es como un buen árbol, cuya raíz es firme y cuyas ramas llegan al cielo. Produce sus frutos en todas las estaciones por mandato de su Señor. Pues Al’lah presenta parábolas a los hombres para que reflexionen. (C. 14: Ibrahim: 25-26)

Aquí el árbol es sólo un símbolo. El Corán habla claramente de una filosofía insana en contraposición a una filosofía sana en el mismo lenguaje simbólico. El árbol malo y la condición del incrédulo se describen en los siguientes dos versículos:

Mas una palabra mala se asemeja a un árbol malo, cuyas raíces se han salido de la tierra y no tiene estabilidad. Al’lah fortalece a los creyentes con la palabra firmemente establecida, tanto en la vida presente como en el Más Allá; y Al’lah permite que los injustos se extravíen. Al’lah hace lo que quiere. (C. 14: Ibrahim: 27-29)

La “palabra” se emplea en este contexto con la connotación de filosofía, sistema, orden etc. de la misma forma en que se emplea el término “palabra” con una connotación mucho más amplia en el versículo inicial de Juan:

En el principio estaba la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios (Juan 1:1)

Las malas filosofías y sistemas están destinadas a sufrir la suerte de un árbol malo que fracasa en aprobar el test de la supervivencia del más adecuado y que finalmente es arrancado y arrojado de sitio en sitio por una furiosa tormenta.

Por otro lado, el ejemplo de un sistema sano de orden de cosas se asemeja a un árbol saludable que está firmemente arraigado en su terreno y cuyos tallos altos y ramas alcanzan la atmósfera pura del cielo. Se alimenta de la luz celestial y produce fruta buena y provechosa en cada estación. El Corán describe a los creyentes como poseedores de una fe firme en Dios; toda su estructura ética y moral se funda con firmeza y seguridad en esta creencia. Ello otorga la calidad de lo absoluto al concepto islámico de la moral y la ética, que no permite discriminación en ningún plano conocido de las divisiones sociales, religiosas o raciales.

El principio rector aplicable a toda actividad humana se expresa en el siguiente versículo del Santo Corán:

Mas a Al’lah pertenecen las cosas ocultas de los cielos y la tierra, y a Él se someterá todo el asunto. Adórale pues, y pon tu confianza en El sólo pues tu Señor no está desatento a lo que hacéis. (C. 11: Hud: 124).

De forma similar:

…En verdad, Suya es la creación y el mandato. Bendito sea Al’lah, el Señor de los mundos (C. 7: Al-Araf: 55).

Todas las filosofías islámicas comienzan y terminan con la absoluta autoridad de Dios, el Creador del Universo.

Fundamentos de la sociedad islámica

El versículo coránico que se refiere a este tema de manera central es el siguiente:

En verdad, Dios ordena la justicia – y más que la justicia, dar a la gente más que lo que les corresponde- y servir a la humani­dad con trato benefactor, como si os pertenecieran (como a vuestros familiares, parientes y amigos) y Dios prohíbe la obscenidad -como se observa hoy tan frecuentemente en la televi­sión, la radio y en las calles de tantas sociedades del mundo- y prohíbe todo lo que es malo a los ojos de las religiones y de la conciencia humana, y todo lo que conduce a la rebelión y el caos. El os exhorta para que caigáis en la cuenta. (C. 16: Al-Nahl: 91)

La primera parte de este versículo se refiere más la esfera económica que al orden social. Dibuja una imagen clara del concepto islámico de la justicia, la limpieza y la benevolencia en el trato hacia la parte menos afortunada de la sociedad. La segunda parte se refiere a la imagen de la sociedad que el Islam se compromete a instaurar.

En este apartado, Dios prohíbe todo lo que se considera malo según estándares universales, como es la conducta indecente, la ofensa, el insulto y, desde luego, todos los males sociales que, sin referencia a cualquier enseñanza religiosa, son condenados por el consenso general de la sociedad humana en su mayoría.

De manera similar, el Islam rechaza de forma estricta y condena toda tendencia, conducta y actitud que pueda conducir al desorden, rebelión y violencia. La palabra “rebelión” debe entenderse con el significado de cualquier intento injustificado para destruir un orden establecido. Pero, además, siempre que la palabra árabe BAGHIYI es empleada en el Santo Corán, no sólo se aplica a las sublevaciones políticas o militares sino también a la rebelión social contra las tradiciones nobles, estándares éticos, enseñanzas religiosas y valores morales.

Al final, se dice claramente a la sociedad que esta advertencia es para beneficio del propio hombre. Así se completa el cuadro de los aspectos esenciales del orden social islámico. Debe añadirse que la primera parte del versículo esta interrelacionada de manera fundamental con las enseñanzas sociales islámicas. Una sociedad que no es sensible a los sufrimientos de otros seres humanos y no siempre está dispuesta a servir a la causa de la humanidad, no puede describirse como sociedad islámica por mucho que se adhiera a otros aspectos de las enseñanzas sociales islámicas.

Volvamos a otros aspectos de la sociedad islámica contemplados en el Santo Corán.

El Islam hace énfasis en la integridad, la lealtad, la fidelidad y promueve todo tipo de medidas para crear la paz de la mente y el corazón. Toma medidas preventivas para que la sociedad no se desequilibre en su persecución del placer. Por tanto, se desalienta cualquier tipo de comporta­miento, por inocente que pueda parecer inicialmente, que pudiera conducir hacia una permisividad sin límite, pues el daño que ello causa a la sociedad es inmenso y múltiple. Tales sociedades están condenadas a acabar en el estado de promiscuidad que encontramos en el mundo de hoy.

En tales sociedades, la tendencia irrefrenable a conseguir el placer conduce entre otras cosas a la erosión y destrucción final de los lazos familiares. Contrariamente a esto, el Islam protege y guarda celosamente todo tipo de relación paternal, maternal, fraternal y filial. El Islam desea promover amistades que sean más platónicas que sensuales.

La castidad

Comenzando con un plan para la mujer en la sociedad, es esencial, según el Islam, tomar todo tipo de medidas que promuevan la castidad, la fidelidad, la moderación y el modo de vida limpio.

El énfasis en la vida casta, bien aislada frente a los peligros de corto-circuitos en la satisfacción de los deseos sexuales es una faceta importante de la sociedad islámica. Este aspecto de las enseñanzas sociales islámicas es extremadamente importante para la protección y supervivencia del sistema familiar, que es la necesidad más acuciante del momento.

El Islam busca ampliar la unidad familiar en lugar de estrujarla al mínimo: una familia en la que la capacidad humana de amar y el deseo de ser amado no se sacia sólo con la mera satisfacción de los deseos sexuales sino por una relación y amistad más completa y refinada, como la que naturalmente impera entre los parientes de sangre próximos y lejanos.

Es sorprendente cómo los hombres sabios de la sociedad moderna no se dan cuenta de la debilidad humana una vez que se permite que los placeres asociados al sexo jueguen un papel primordial y sin restricciones en la sociedad. Ciertamente, florecen a expensas de otros valores refinados y extraen su sangre como parásitos.

Sigmund Freud, sin duda, fue el producto de tal sociedad. Comenzó a analizar todas las motivaciones humanas a través del cristal coloreado del sexo. Para él, la relación más piadosa entre madre e hijo, tenía relación con el sexo. Incluso la relación padre-hija no poseía santidad alguna sino que su orientación o su origen era sexual. Casi todo lo que hacía el hombre, aunque no se diera cuenta de ello, tenía su fundamento en los impulsos sexuales profundamente arraigados en el subconsciente. Me pregunto si en los tiempos de Freud, la sociedad había alcanzado el grado de promiscuidad que hoy posee, pero, sin duda era suficiente para dar origen a un entendimiento totalmente dominado por el sexo de la psique humana. Pero si Freud tuviera razón, haría aún más esencial que no se permitiera a la sociedad que jugara incautamente con unas fuerzas poderosas que pueden producir tales cortocircuitos.

El ambiente actual de las sociedades modernas hace que no presten atención ni intenten comprender la naturaleza y facetas del entorno social islámico, pero, tanto si el hombre está de acuerdo como si no lo está con el concepto de que Dios juega un papel en los asuntos humanos y en la conforma­ción del destino del hombre, y tanto si el hombre está dispuesto a modular su conducta social de acuerdo con la palabra de Dios revelada como si no lo está, hay una cosa cierta, y es que el hombre no puede frustrar la Obra de Dios (la naturaleza) ni la Palabra de Dios (la Verdad revelada). Ambos, la Palabra y la Obra deben hallarse en armonía entre sí para que se consideren válidas. Cualquier conducta social que el hombre adopta en contradicción directa con la Palabra de Dios está destinada a acabar en el fracaso.

El hombre no puede tener un placer sin límites ni restricciones por mucho que lo desee. Todo lo más que puede hacer es canjear ciertas opciones y valores. Una sociedad que busca eludir la responsabilidad o las realidades de la vida con la ayuda de drogas u opiáceos; una sociedad que está obsesionada con el sexo, las emociones y estímulos vanos, una sociedad donde los gustos son deliberadamente pervertidos para adecuarlos a un mercado artificialmente creado de instrumentos y juguetes nuevos de placer, que sólo sirven para producir excitación y una mayor ansiedad; un mercado dirigido por poderosos medios cuya único propósito es amasar riqueza; tal sociedad elige todo eso a costa de valores humanos más nobles, la paz de la mente y la seguridad de la sociedad en su conjunto. No se pueden poseer ambas cosas simultáneamente. No se puede tener la tarta y degustarla al mismo tiempo

El Islam insiste justamente en lo opuesto. Ciertamente que aboga por el placer pero no a costa de la paz mental y la seguridad de toda la sociedad. Todas estas tendencias, que si no se detectasen conducirían a una desintegra­ción gradual de la vida familiar y promoverían el egoísmo, la irresponsabili­dad, la vulgaridad, el crimen y la violencia, son desalentadas enérgicamente.

Los entornos creados por estas dos filosofías son polos opuestos.

Me asombra cómo alguna gente olvida que, suscitando ambiciones, o dando dominio libre a los deseos en la sociedad, puedan prometer con optimismo la paz de la mente. Ninguna sociedad del mundo, por muy sólida que tenga su economía, puede soportar una generación de deseos lascivos ilimitada e desenfrenada.

Incluso en las sociedades más ricas del mundo, existen siempre ricos y pobres. Quienes se hallan privados de los conforts más básicos de la vida suman la parte más numerosa de la sociedad frente al comparativamente menor número de aquellos que pueden pagar lo que desean. Incluso esto es cuestiona­ble, porque parece que, con el aumento de la riqueza, también aumentan los deseos y probablemente ni siquiera el más rico puede hacer realidad plenamente todos sus sueños. El caso, no obstante, de la mayoría relativamente más pobre, es peor. No pueden tener acceso a las comodidades básicas de la vida, por no mencionar los lujos que sociedad opulenta puede permitirse. Es con las emociones y deseos del pobre con quien los medios modernos hacen estragos. Día tras día, lleva a su morada miserable imágenes prometedoras de un estilo de vida glorioso, con hogares suntuosos, jardines fabulosos, flotas de coches de lujo, aviones y helicópteros privados y un ejército de sirvientes. El estilo de vida de Hollywood y Beverly Hills con sus jaranas, bailes, fiestas de gala, o la vida en los casinos, salas de juego o toda la pompa y opereta que se evocan, son tentaciones a las que el más pobre tiene acceso. No obstante, muy pocos de entre los más ricos pueden siquiera soñar conseguir este cielo en la tierra. Tales gentes pierden, ciertamente, el interés en su entorno pobre y ordinario. La casa y el hogar dejan de ser atractivos para ellos. La falta de cultura y civilización permanecen contrarios a esta visión prometedora y, en este contexto, las realidades de su propia vida comienzan a perder todo significado. Si este es el último logro de una sociedad alimentada de placeres banales y visiones irreales, el calor y la paz del hogar se vuelven progresivamente ilusorios. Entonces no les queda nada por lo que vivir en el futuro.

Sería necesaria más de una medida para restaurar la unidad familiar tradicional, tan esencial para unir a sus miembros con confianza mutua, amistad y paz que genere el calor interno. Pero, quizá sea ya demasiado tarde para hablar de ello.

El Islam tiene un mensaje muy claro. Ofrece un plan bien definido para proteger, guardar y preservar un sistema de familia universal, o para reconstruirlo cuando se halle totalmente demolido.

Según el Islam, la disciplina debe ser inculcada mediante la convicción y el entendimiento en cada esfera de la actividad social, y los balances perdidos han de ser restablecidos.

La separación de sexos

Existe un enorme malentendido entre la gente de occidente respecto al sistema social islámico del PARDAH (lit. velo), que se contempla como una segregación entre los dos sexos. El malentendido surge, en parte, de la incorrecta aplicación de las verdaderas enseñanzas del Islam en distintas partes del mundo islámico y en el papel negativo que desempeñan los medios occidentales. Estos han convertido en norma asociar la fealdad en la conducta, dondequiera que este ocurra, al Islam, a la vez que se abstienen de asociar la conducta judía, cristiana, budista o hindú a sus respectivas religiones.

La norma islámica de la separación no nace, ciertamente, de una actitud de mente estrecha, propia de las épocas oscuras de la historia. De hecho, la cuestión de la promiscuidad, no tiene relación con el retraso o desarrollo en el tiempo. Las sociedades a lo largo de la historia, han ascendido tanto a la cresta de la ola social y religiosa, como también han descendido a su hondura.

El concepto de libertad de la mujer no ha sido, en absoluto, una tendencia progresiva de la sociedad humana. Existe una fuerte evidencia de que, tanto en el período remoto del pasado como en el período más cercano de la historia humana, las mujeres, como colectivo, han mantenido una posición dominante y poderosa en la sociedad humana en distintas partes del mundo.

La relación libre y desinhibida entre la sección masculina y femenina de la sociedad no es algo nuevo. Las civilizaciones surgieron y desaparecie­ron. Los patrones de conducta oscilaron entre uno y otro estilo. Las miríadas de tendencias sociales han ido desapareciendo y estableciéndose con diferentes patrones para sólo para conformar nuevas experiencias y formaciones a cada vuelta del calidoscopio. Sin embargo, ninguna tendencia ha permanecido fija de forma que nos permitiera asegurar con certeza que, a lo largo de la historia, la sociedad haya evolucionado de la separación a la promiscuidad o del confinamiento a la relativa emancipación y liberación de la mujer.

El comienzo de una nueva era en los derechos de la mujer

Merece la pena centrar nuestra atención aquí al período oscuro de la historia de Arabia cuando surgió el Islam, por medio de la instrucción divina -según nosotros, los musulmanes, creemos-, o como resultado de las enseñanzas personales de Mohammad sa -como creerían los no-musulmanes-. Cualquiera que sea el punto de vista de los teólogos, las enseñanzas islámicas respecto a la separación de sexos no representaron en absoluto al comportamiento árabe.

La sociedad de Arabia en aquel tiempo era paradójica en extremo en su actitud respecto a las mujeres. Por un lado, la permisividad sexual, la libre unión de hombres y mujeres y las locas orgías de vino, mujeres y cánticos constituían uno de los puntos destacados de la sociedad árabe. Por otro lado, el nacimiento de una niña se consideraba un acontecimiento desgraciado y de enorme vergüenza. Algunos árabes “orgullosos” enterraban a sus recién-nacidas con sus propias manos para escapar a esta ignominia.

A las mujeres se les trataba como posesiones y carecían del derecho a oponerse a sus maridos, padres u otros miembros varones de la familia. A veces, sin embargo, existían excepciones a la regla. En ocasiones, mujeres de destacada personalidad jugaban un papel importante en los asuntos de la tribu.

El Islam lo cambió todo, no como resultado natural y progresivo de las tensiones sociales sino como un árbitro de valores. Un sistema social fue dictado desde lo alto, el cual no tenía relación con las fuerzas normales que conforman una sociedad.

Mediante las enseñanzas de la separación, la anarquía sexual se acabó de forma súbita. Se estableció un orden en la relación de hombres y mujeres basada en principios morales profundos. El estatus de la mujer fue simultánea­mente elevado a tal nivel que nunca más fueron tratadas como mercancías desvalidas. Se les otorgó una participación igualitaria en los asuntos de la vida comunitaria. Mientras que antes eran distribuidas como bienes de herencia, ahora podían heredar la propiedad de sus padres, y también la de sus maridos, hijos y familiares próximos. Podían colocarse a la altura de sus maridos y responderles. Podían razonar con ellos y, por supuesto, tenían el pleno derecho a discrepar. No sólo podían ser divorciadas sino que poseían derechos iguales a divorciar a sus maridos si así lo deseaban.

Como madres, fueron tratadas por el Islam con tal profundo respeto que es difícil encontrar un ejemplo similar en otras sociedades del mundo. Fue el Santo Profeta del Islam (sa) quien más apoyó los derechos de las mujeres al declarar, bajo mandato divino que:

El Paraíso se encuentra bajo los pies de vuestras madres.

No se refería sólo a una promesa que habría de cumplirse en la vida después de la muerte, sino al paraíso social que se prometía a quienes mostraban un profundo respeto y reverencia por sus madres, y se consagraban a agradarles y a procurarles todo tipo de confort posible.

La enseñanza de la separación ha de ser entendida en este contexto. No era el resultado de ninguna superioridad masculina sino que fue diseñada para establecer la santidad del hogar; para crear mayor confianza entre el marido y la mujer; para aportar sobriedad a los impulsos humanos básicos y para encauzarlos y disciplinarlos de manera que, en lugar de ser liberados en la sociedad como demonios poderosos, jueguen un papel constructivo de la misma manera como otras fuerzas disciplinadas desempeñan su papel en la naturaleza.

La separación es totalmente malentendida cuando se interpreta como una imposición o restricción sobre el colectivo femenino de la sociedad musulmana, que restringe su participación en todas las esferas de la actividad humana. Esto no es cierto.

El concepto islámico de la separación ha de ser entendido únicamente en un contexto de medidas encaminadas a proteger la santidad de la castidad femenina y el honor de la mujer en una sociedad, de forma que el peligro de que se violen estos objetivos se minimice.

La mezcla libre de ambos sexos y las aventuras o relaciones ocultas entre hombres y mujeres son firmemente desalentadas. Se aconseja tanto a los hombres como a las mujeres que se abstengan no sólo de lanzarse miradas codiciosas entre sí, sino que se abstengan de todo contacto visual o físico que pueda conducirlos a tentaciones incontroladas. Se espera de las mujeres que se vistan decentemente y no se les aconseja que no se comporten de manera que llamen desfavorablemente la atención de los hombres predispuestos. No se les prohíbe el empleo de cosméticos y adornos, pero no deben ser usados en público, para no llamar la atención.

Entendemos que con el modo actual de pensamiento de las sociedades de todo el mundo, esta enseñanza pueda parecer severa, restrictiva y descolorida. Sin embargo, un estudio profundo del sistema social islámico lleva a la conclusión de que dicho juicio es apresurado y superficial. Esta enseñanza debe, por tanto, ser entendida como parte integral de todo el entorno social del Islam.

El papel que las mujeres juegan en el sistema social islámico no es ciertamente el de concubinas en los harenes ni el de una sociedad prisionera de las cuatro paredes de sus casas, excluidas del progreso y privadas de la luz del conocimiento. Este feo cuadro del sistema social islámico sólo lo pintan los enemigos internos o externos del Islam, o los supuestos eruditos que malentienden totalmente el modo de vida islámico.

Lo único que no acepta el Islam es convertir a las mujeres en objeto de juego, o explotación, o su abandono a la misericordia de la vulgaridad masculina. El Islam no fomenta tales actitudes respecto a la mujer.

Sólo porque la sociedad en su conjunto se ha vuelto cada día más exigente, constituye una auténtica crueldad para las mujeres la necesidad de estar constantemente conscientes de sus apariencias, aspecto y la forma en que van vestidas o arregladas. Los encantos femeninos siempre se hallan en exhibición. La venta de cualquier artículo alimenticio o de necesidad diaria como el detergente para la colada, requiere anuncios con modelos femeninos. Formas de vida artificiales, modas y formas lujosas son presentadas a la mujer como esenciales para que ésta realice sus sueños. Tal sociedad no puede permanecer equilibrada, sobria y sana por mucho tiempo.

Según el Islam, las mujeres deben emanciparse de la explotación y de jugar el papel de meros instrumentos de placer. Deben disponer de más tiempo libre para sí mismas, para desempeñar sus responsabilidades hacia sus hogares y hacia la futura generación de la humanidad.

Derechos igualitarios para la mujer

Se oye continuamente hablar la Libertad de la mujer y de los derechos de la mujer etc. El Islam expone un principio fundamental extenso que abarca todas las situaciones:

…Y ellas (las mujeres) tienen derechos similares e iguales a aquellos (los hombres) en justicia; es decir, las mujeres tienen exactamente los mismos derechos sobre los hombres, como los hombres los tienen sobre las mujeres. Existe, pues, una total igualdad y ninguna diferencia en lo que se refiere a los derechos humanos fundamentales de las mujeres y los hombres. Pero los hombres poseen un grado de ventaja sobre ellas. Y Al’lah es Poderoso y Sabio (C. 2: Al-Baqarah: 229)

En otra parte de un versículo del Santo Corán, se declara:

A los hombres se les ha designado protectores de las mujeres a causa de aquello por lo que Al’lah ha hecho que algunos de ellos sobresalgan sobre otros y pese a que ellos gastan de sus bie­nes…(C. 4: Al-Nisa:35)

De la palabra árabe QAWWAMUN (protectores, responsables de mantener a quienes tutelan en el camino recto), algunos Ulemas (doctores en religión) de mentalidad medieval deducen y afirman la superioridad de los hombres sobre las mujeres, cuando el versículo sólo se refiere a la ventaja que el mantenedor de la familia tiene sobre sus dependientes. Como tal, el protector se haya más cualificado para ejercer la presión moral sobre sus tutelados a fin de que permanezcan en el camino recto. En cuanto a los derechos humanos fundamentales se refiere, no hay mención alguna a que las mujeres sean distintas a los hombres o a que los hombres tengan superioridad sobre las mujeres. La última parte del versículo se refiere a la ventaja mencionada anteriormente y deja manifiestamente claro que, pese a esta ventaja, los derechos fundamentales de la mujer son exactamente iguales a los del hombre. Las letras árabes WA han de ser traducidas como “a pesar del hecho de” o “mientras que” y, en este contexto parece ser la única traducción correcta.

La poligamia

Es común en occidente afrontar al orador que habla sobre el Islam, con la siguiente pregunta: ¿Permite el Islam casarse cuatro veces y mantener cuatro mujeres simultáneamente? Poseo una larga experiencia como orador y me he dirigido tanto al público en general, como en encuentros selectos con intelectuales en el mundo occidental, y apenas recuerdo una ocasión en que no me fuera formulada esta pregunta.

A menudo es una dama la que se levanta y, tras las debidas disculpas, pregunta inocentemente si es cierto que el Islam permite tener cuatro mujeres, o no. Obviamente, todos conocen la respuesta. Sin embargo, quizá este es el único aspecto del Islam que es tan ampliamente conocido en occidente. El otro aspecto de sobra conocido es el del terrorismo, cuando el terrorismo nada tiene que ver con el Islam (ver “Asesinato en el nombre de Al’lah” del mismo autor).

¿Qué tipo de igualdad entre el hombre y la mujer propone el Islam, cuando al hombre se le permite tener cuatro mujeres y la mujer sólo puede tener un único marido? Es la misma cuestión formulada de otra manera con el propósito, a mi entender, de borrar cualquier buena impresión sobre el Islam que el orador hubiera podido crear. En reuniones menos formales, donde no se respetan la educación y modos corteses, la misma pregunta adquiere tono de burla en vez de una simple cuestión.

Hace varias décadas, cuando estudiaba en el SOAS (School of Oriental and African Studies) de la Universidad de Londres, un alumno pakistaní era acosado en público por un compañero inglés con la misma cuestión, de forma repetida, con el ánimo de provocar la risa. En un momento dado, el pakistaní se volvió e inquirió al joven inglés: ¿Por qué os oponéis que tengamos cuatro madres y no ponéis objeción en tener vosotros cuatro padres? (Utilizando el juego de palabras inglesas “forefathers” -antepasados- por “four fathers” -cuatro padres- que se pronuncian de manera similar), tomándole el pelo al bromista.

Aparentemente, era una broma, pero si lo examináis de cerca, veréis que se trata de algo más que una broma, porque se refiere a una situación trágica que impera en las sociedades y que ofrece un caso adecuado para comparar la actitud del Islam con la de la sociedad moderna. No se trata sólo de un asunto de asambleas de alumnos despreocupados sino que incluso los miembros respetables de la sociedad de mente seria no consideran poco amable y descortés expresar su desaprobación respecto a esta prescripción con un chiste.

Hace no mucho tiempo, recibí una carta de un alto magistrado de Frankfurt a quien conozco personalmente y sé que se trata de una persona sabia, de mentalidad abierta, cortés y bien educado. El también objetó la disposición islámica sobre la poligamia limitada y no pudo resistirse a la tentación de rematar su idea con un chiste ordinario, o al menos así lo pensé. Durante un momento fugaz consideré devolverle el cumplido del chiste con el que referí antes sobre los “forefathers”, pero decidí mantener la discreción.

Le respondí brevemente que, en primer lugar, esta disposición islámica de casarse en más de una vez no es un precepto general, sino que existen situaciones concretas en las que se hace necesario preservar, por una parte, la salud de la sociedad y, por otra, los derechos de la mujer, en las que esta disposición se hace aplicable.

El Santo Corán es un libro lógico. Como tal, no puede haber instruido a los musulmanes a conseguir lo imposible. Dios ha creado a los hombres y a las mujeres en número prácticamente igual, con pequeñas diferencias aquí y allá. ¿Cómo podría una religión racional como el Islam, que repite insistente­mente que no hay inconsistencia entre la Palabra y la Obra de Dios, predicar algo tan evidentemente antinatural e irreal, que, de ponerse en práctica, crearía graves situaciones de desequilibrio y dificultades y frustraciones insuperables? Imagínense un pequeño país que tuviera un millón de hombres en edad de casarse y prácticamente el mismo número de mujeres. Si se llevara a cabo esta disposición al pie de la letra por parte de todos, entonces, en el mejor de los casos 250.000 hombres se casarían con el millón de mujeres quedando 750.000 hombres sin esposa.

Sin embargo, de entre todas las religiones del mundo, el Islam destaca en su insistencia en el matrimonio de todo hombre y mujer. El Santo Corán describe que la relación entre marido y esposa se basa por naturaleza en el amor y les proporciona una fuente de paz a los dos.

Y os están permitidas las mujeres creyentes castas y las mujeres castas de los que recibieron el Libro antes que vosotros, si les entregáis sus dotes, contrayendo matrimonio válido, no cometiendo fornicación ni teniendo amantes secretos…(C. 5: Al-Maida: 6)

Al mismo tiempo, el Santo Corán rechaza el celibato declarando que se trata de una institución creada por el hombre (C. 57:28). No hay nada que ganar por vivir apartado del resto del mundo o por castigarse privándose de los deseos naturales. La institución del matrimonio se haya bien definida en el Islam, si bien el tiempo que dispongo no me permite apartarme y discutir los diversos requerimientos de elección de cónyuges, los remedios disponibles y la regulación del divorcio etc.

Volviendo a la poligamia, es evidente, del estudio del Santo Corán que discute el tema de la poligamia, que lo aborda en el contexto de una situación especial: en el período pos-bélico. Se trata de un período en el que la sociedad queda con un gran número de huérfanos y viudas jóvenes y el balance entre la población masculina y femenina se ve gravemente alterado. Una situación de este tipo tuvo lugar en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. Al no ser el Islam la religión mayoritaria de Alemania, hizo que este país se quedara sin soluciones para resolver el problema. La enseñanzas estrictamente monógamas de la cristiandad no pudieron ofrecer ningún alivio. Por consiguiente, la gente de Alemania hubo de sufrir la consecuencia de estos desequilibrios. Quedaron un gran número de mujeres vírgenes, solteras desanimadas y jóvenes viudas para quienes fue imposible contraer matrimonio.

Alemania no ha sido el único país en el vasto continente europeo que ha experimentado tales problemas sociales de proporciones gigantescas y extremadamente peligrosas. Se trataba de un desafío demasiado importante para la sociedad occidental de después de la guerra, detener la marea y controlar la degradación moral creciente y la promiscuidad que de forma tan natural y exuberante creció sobre estos desequilibrios imperantes.

Como puede verse claramente por toda persona sin prejuicios, la única respuesta a tales problemáticas alteraciones, es permitir que los hombres se casen más de una vez. Esto no se propone como solución para saciar sus deseos sensuales sino como respuesta a exigencias genuinas de un gran número de mujeres. Si esta solución lógica y realista es rechazada, la única alternativa que le queda a la sociedad es degenerar rápidamente hacia una posición crecientemente corrupta y permisiva.

Por cierto que esta es la opción que parece haber elegido occidente.

Si reexamináis con mayor realismo y sin emociones las dos actitudes, no podréis dejar de daros cuenta de que no es una cuestión de igualdad entre el hombre y la mujer sino simplemente una elección entre la responsabilidad y la irresponsabilidad.

El Islam sólo permite casarse más de una vez con la condición de que el hombre acepte el reto de tal dificultad y de todas las situaciones específicas con total responsabilidad y compartiéndola con plena justicia e igualdad con la segunda, tercera o cuarta esposa.

Si teméis no poder mantener la equidad con los huérfanos, entonces casaros con otras mujeres que estén de acuerdo, dos, tres o cuatro; pero si teméis no poder mantener la equidad y la igualdad entre ellas, entonces casaros sólo con una, o con aquellas sobre las que poseéis autoridad. Este es el camino más seguro para que evitéis la injusticia. (C.4: Al-Nisa: 4)

La alternativa es más peligrosa. Un número excesivo de mujeres dejadas sin marido no pueden ser culpabilizadas por intentar seducir y atraer a hombres casados en sociedades que no son profundamente religiosas. Las mujeres, obviamente, son seres humanos y poseen emociones y deseos insatisfe­chos. Mientras que los traumas psicológicos de la guerra aumentan la necesidad de encontrar a alguien a quien dirigirse, una vida sin la seguridad del matrimonio y del hogar, sin pareja en la vida, ni esperanza de hijos, es una vida vacía. El futuro es tan negro y poco prometedor como el presente.

Si a tales mujeres no se les complace de forma lícita y se les asimila bajo el principio de hacer concesiones mutuas, se pueden producir estragos en la paz de la sociedad. De cualquier manera, compartirían ilícitamente los maridos de las mujeres casadas. El resultado sería absurdo. Las lealtades se escindirían. Las mujeres comenzarían a perder confianza en sus maridos. Las sospechas aumentarían. La creciente falta de confianza mutua entre marido y mujer destruiría los cimientos de muchos hogares. A los hombres infieles, convivir con el sentimiento del delito y culpa les originaría complejos psicológicos y la propensión a nuevos delitos. El noble concepto del amor y la lealtad serían las primeras víctimas. Lo romántico perdería sublimidad y descendería a lo común, el enamoramiento transitorio.

Quienes hablan de la igualdad en todas las esferas, olvidan que el asunto de la igualdad se vuelve irrelevante en aquellos terrenos donde el hombre y la mujer están constituidos de manera diferente.

Sólo las mujeres pueden dar a luz a los hijos. Sólo ellas pueden pasar nueve meses nutriendo la semilla de la generación humana futura. También son sólo las mujeres las que pueden cuidar de sus pequeños, al menos durante el primer período de la infancia y la niñez, como ningún hombre sería capaz. Debido a la larga relación íntima, de sangre, con su descendencia, es la mujer la que tiene un vínculo psicológico más estrecho con sus hijos en comparación con el hombre.

Si los sistemas sociales y económicos ignoran esta diferencia constitucional entre hombre y mujer y su diferencia correspondiente en el papel de los dos sexos en la sociedad, entonces, dicho sistema está destinado al fracaso en su intento de crear un estado de sano equilibrio. Es principal­mente por estas diferencias constitucionales entre el varón y la mujer por lo que el Islam propone, en correspondencia, roles diferentes para ambos.

La mujer debe permanecer libre, en la medida de lo posible, de la responsabilidad de ganar el pan para la familia. Esta responsabilidad, en principio, ha de recaer sobre los hombros del varón. No obstante, no hay razón por la que a las mujeres se les excluya de poner su parte en los asuntos económicos, siempre que tengan libertad para hacerlo sin descuidar su responsabilidad primaria en la reproducción humana, el cuidado familiar y otros compromisos concomitantes. Esto es exactamente lo que el Islam propone.

Asimismo, la mujer en general, tiene una constitución más frágil y débil. Sorprendentemente, por contra, ha sido dotada por Dios de mayor capacidad de resistencia psíquica. Estos atributos se deben, sobre todo, a la presencia de medio cromosoma extra en sus células, responsable de la diferencia existente entre hombre y mujer. Obviamente, esto les ha sido proporcionado para afrontar el reto extraordinario del embarazo, el parto y la lactancia. Así y todo, esta capacidad no hace que externamente las mujeres sean más fuertes o más resistentes. No deben ser relegadas a duras tareas domésticas o de otro tipo en el nombre de la igualdad o de cualquier otro lema. Es preciso, también que sean tratadas con mayor delicadeza y amabilidad. Las mujeres han de soportar una carga cotidiana menor y no deben ser forzadas a cargar con el mismo peso que los hombres en las actividades públicas.

Se deduce de lo anteriormente expuesto, que si la tarea de dirigir un hogar constituye un área de responsabilidad especial que ha de ser asignado o bien al hombre o bien a la mujer, es obvio que la mujer tiene mucha más valía que el hombre para desempeñar tal responsabilidad. Además, la mujer, por naturaleza, tiene asignado el deber de cuidar de los hijos. Este deber, sólo parcialmente puede ser compartido por los hombres.

Las mujeres deben poseer el derecho a permanecer en casa mucho más tiempo que los hombres; y si, al mismo tiempo, se les absuelve de la responsabi­lidad de ganar su sustento, el tiempo libre que disponen lo pueden utilizar en provecho propio o en el de la sociedad en su conjunto. Así es como surge el concepto de “El lugar de la mujer es la casa”. No se trata de que estén atadas a sus delantales, ni encarceladas en las cuatro paredes de su hogar. De ninguna manera el Islam infringe los derechos de las mujeres impidiéndolas que salgan en su tiempo libre para realizar cualquier tarea, o para participar en cualquier propósito sano que deseen, siempre que, de nuevo, no perjudiquen los intereses y derechos de la futura generación de la humanidad que se les ha confiado. Esto, entre otras razones, es por lo que el Islam desalienta la libre mezcla de sexos o el exceso de vida social. Para el Islam, proponer que el hogar sea el centro de las actividades de la mujer es una solución sabia y práctica aplicable a la mayor parte de los males de los tiempos modernos. Cuando las mujeres trasladan sus intereses fuera del hogar ello es a costa de la vida familiar y la desatención de los hijos.

Construir una vida familiar alrededor de la figura central de la madre, exige el fortalecimiento de otros vínculos de sangre y el restablecimiento de una afinidad auténtica entre parientes y amigos. Aunque cada unidad viva separadamente, este concepto amplio de familia es apoyado y promovido por el Islam por varias razones, algunas de las cuales son las siguientes:

Previene los desequilibrios sociales.

Si se promoviera un cariño y afecto familiar intenso entre hermanos y hermanas, padres e hijas, madres e hijos etc., ello redundaría, naturalmen­te, en la consolidación y protección de una unidad familiar sana. Este vínculo natural se vería fortalecido por un sistema de relaciones circundantes, mediante la afinidad y cercanía genuina entre tías, tíos, sobrinas, sobrinos, primos, nietos y abuelos. Nuevos caminos de búsqueda de bienestar sano, derivado de la conciencia de pertenecer a este grupo, se abrirían para este sistema familiar más amplio.

La institución familiar en tales casos es más difícil que se fragmente. Compartir el mismo techo en el nombre de la familia, dejaría de tener sentido como ocurre, en general, hoy día. Los miembros de la familia continuarían gravitando alrededor de la guía central de los mayores del grupo; la mayor parte de las actividades familiares girarían en torno a este eje. No existirían individuos solitarios, olvidados, abatidos y relegados al ático o a los sótanos del orden social, o arrojados de las familias como artículos inútiles.

Este es exactamente el concepto islámico del hogar y la familia que es considerada como la unidad central más importante de la sociedad. Es, sobre todo, a causa de esta diferencia en las actitudes por lo que hoy encontramos en las sociedades modernas del mundo, una incidencia muy elevada de padres abandonados, viejos o minusválidos, a los que se considera una carga familiar.

El cuidado de los ancianos

La responsabilidad del cuidado de los ancianos se está desplazando, gradualmente, hacia el Estado. El cuidado del anciano representa una pesada carga para la economía nacional de cada país. Por mucho que el Estado esté dispuesto a gastar, nunca podrá proporcionarles paz y contento. El sentimiento terrible de haber sido rechazado, marginado y abandonado, y la conciencia dolorosa de un vacío interior de soledad creciente, son problemas cuya resolución está fuera del alcance de la mayoría. La idea de que un familiar relativamente lejano pudiera ser cuidado por el resto de la familia se ha convertido en algo casi imposible de imaginar.

En estas sociedades, la necesidad de hogares para los ancianos crece con el paso del tiempo. A veces, no es posible que los Gobiernos aporten suficiente dinero para procurarles siquiera las exigencias mínimas de una vida decente. Los achaques físicos son más fáciles de aliviar o curar, pero los traumas psicológicos profundos que padecen un gran número de los miembros ancianos de las sociedades modernas, son mucho más difíciles de tratar.

En los países de mayoría musulmana, aunque se han deteriorado muchos valores, es impensable una situación similar a la que prevalece en el resto de las sociedades contemporáneas. Allí se consideraría una desgracia y un deshonor tratar a un anciano con similar falta de respeto y sensibilidad. Constituiría un asunto de gran vergüenza para la mayoría de los musulmanes ceder las responsabilidades del cuidado de los familiares ancianos al Estado, por mucho que el Estado estuviera dispuesto a asumirlas.

Así pues, el papel de una mujer musulmana entre su hogar y su familia está lejos de acabarse con el crecimiento de los hijos; permanece profundamen­te vinculada, tanto al pasado como al futuro. Su preocupación humana y bondadosa, y su habilidad innata para cuidar a quienes se hallan necesitados de ayuda, acude al rescate de los miembros ancianos de la sociedad. Estos permanecen tan valiosos y respetados como antes y continúan siendo miembros integrales de la familia. La madre juega un papel principal en su cuidado, ofreciéndoles su compañía, no como trabajo monótono y tedioso, sino como expresión natural viva de familiaridad humana. Así, cuando ella envejece, tiene la seguridad que su sociedad no la desahuciará ni la abandonará como una reliquia del pasado.

Por supuesto que existen excepciones en toda sociedad, y existen antiguas reliquias del pasado que son consideradas aburridas cargas por algunas familias musulmanas que viven bajo la influencia de “tendencias modernas”. Pero, en conjunto, las sociedades musulmanas se hallan prácticamente libres de hogares para padres abandonados, al contrario de lo que ocurre en otras sociedades.

Esto me recuerda un chiste que puede hacer que algunos se rían mientras que a otros les haga llorar. En una ocasión un niño observaba con dolor e inquietud el mal trato que sufría su abuelo a manos de su padre. El abuelo fue trasladado, gradualmente, de un dormitorio bien acondicionado y confortable a otro más pequeño e incómodo, hasta que finalmente, se decidió alojar al abuelo en el cuarto de los criados. Durante un invierno excepcionalmente duro, el abuelo se quejó de que su habitación estaba helada y que su manta era tan fina que no le conseguía abrigar. El padre comenzó a buscar otra manta en medio de un armario lleno de harapos viejos e inservibles. Mientras le observaba, el niño se volvió al padre y le dijo: “Por favor, no le des todos los harapos al abuelo. Guarda algunos para mí y así te los podré dar más adelante, cuando te hagas viejo”.

En esta expresión inocente del disgusto del niño se concentra toda la agonía de la generación anciana en los tiempos modernos.

En las sociedades musulmanas, es tan raro encontrar tales excepciones, como es extraordinario y se está haciendo cada vez más raro, encontrar excepciones en las sociedades modernas, en el trato que los familiares dan a sus ancianos. Se enseña a los musulmanes:

Tu Señor ha ordenado: “No adoréis a nadie sino a Él, y mostrad bondad a vuestros padres. Si uno o los dos alcanzan la ancianidad contigo, no les digas nunca ninguna palabra que exprese disgusto ni les reproches, más bien dirígete a ellos respetuosamente. Y haz descender sobre ellos el ala de la humildad y de la ternura. Di: “Señor mío, ten misericordia de ellos al igual que ellos me criaron en mi niñez”. (C. 17: Bani-Israel: 24-25)

Estos versículos son los más significativos en este tema. Tras la Unidad de Dios, los seres humanos deberían, a través de su actitud de amor, afecto y bondad, dar prioridad a sus padres, que han llegado a una edad avanzada y difícil, sobre todas las cosas.

Además, el versículo habla de las situaciones en las que el comporta­miento de uno o de ambos padres es penoso, o en ocasiones incluso ofensivo. Como respuesta, no se permite siquiera que una leve expresión de disgusto o desaprobación sobrepase los propios labios. Por el contrario, deben seguir siendo tratados con respeto profundo.

La insistencia en conseguir la mejor relación entre una generación y otra que desaparece lentamente, garantiza que no existan vacíos generaciona­les. Tales vacíos interrumpen siempre la transmisión de los valores morales tradicionales.

La filosofía social islámica, por lo tanto, enseña que ninguna generación debe permitir que surja un bache entre ella y la generación saliente, ni entre ella y la generación futura. Los baches generacionales son totalmente ajenos al Islam.

Como hemos comentado antes, el concepto de familia islámico no se limita a los miembros de una sola casa. El versículo siguiente instruye a los musulmanes a gastar no sólo en sus padres, sino también entre sus parientes y amigos, a quienes se menciona a continuación de los padres en orden de preferencia, de forma que no se lesione su sentido de la dignidad y se promueva el amor mutuo.

Y adorad a Al’lah y no asociéis nada a Él, y mostrad bondad a los padres, a los parientes, a los huérfanos y necesitados, al vecino afín a vosotros y al extraño, al compañero que está a vuestro lado, al viajero y a aquellos que se encuentran bajos vuestra autoridad. En verdad, Al’lah no ama al orgulloso ni al jactancio­so. (C. 4: Al-Nisa: 37)

El Santo Corán declara que debéis ser cuidadosos en mostrar la bondad a vuestros padres.

Si la sociedad contemporánea aprendiera la lección de estos mandamien­tos, muchos de los problemas a los que hoy se enfrenta y que representan una mancha en una sociedad avanzada, dejarían de existir. No serían necesarios asilos ni hogares de ancianos, salvo para aquellos ancianos que, desgraciada­mente, no tuvieran un pariente próximo que cuidara de ellos. En una sociedad islámica, se insiste de forma tan repetitiva en el amor entre padres e hijos, que es imposible que un hijo abandone a sus padres cuando lleguen a la vejez, por motivo de su propio placer.

La generación futura

En cuanto a la generación futura, el Santo Corán educa a la sociedad de una manera única. Enseña que para conseguir la mejor relación entre vosotros y vuestros hijos, es sumamente esencial que la relación entre vosotros y vuestras esposas sea también excelente.

En ese sentido, el versículo citado anteriormente (C. 4: Al Nisa: 35), que se refiere a los protectores (QAWWAMUN), hace recaer una gran responsabi­lidad sobre los hombros del marido. Si su comportamiento no es conducente a la creación de un ambiente ideal para una vida familiar sana, habrá fallado en su responsabilidad de actuar como protector (QAWWAM). Debe recordarse que el mejor ejemplo de QAWWAM fue el mismo Santo Profeta del Islamsa. Nunca fue severo ni dictatorial ni, de ningún modo, ofensivo ni enérgico en exceso en la relación con su familia. Mantenerles en el camino recto constituía una gran responsabilidad, pero la forma en que cumplió esta responsabilidad sirve de excelente ejemplo vivo, en todos los tiempos venideros, para todos los que desean investigar y entender el significado real del epíteto QAWWAM.

En una tradición famosa, Abu Hurairah relata que el Santo Profeta (sa) dijo:

El más perfecto de los creyentes en materia de fe, es aquel cuyo comportamiento es el mejor posible; y los mejores de entre vosotros son aquellos que se comportan de la mejor forma con sus esposas (Tirmidhi).

Si los padres desean realmente que sus hijos crezcan como miembros de una sociedad honrada, deben recordar que las relaciones mutuas entre maridos y esposas juegan un papel fundamental en la formación o en la ruptura del carácter de sus hijos.

El Santo Corán declara:

Quienes no dan falsos testimonio, y cuando pasan junto a algo vano, pasan con dignidad. Aquellos quienes, cuando se les recuerda los Signos de su Señor, no se muestran sordos ni ciegos ante ellos. Y quienes dicen: “Señor nuestro, concédenos de nuestras esposas e hijos el consuelo de nuestros ojos, y haz que seamos un modelo para los virtuosos”. (C. 25: Al Furqan: 73-75)

Esta plegaria posee un encanto único y está llena de sabiduría profunda. Se enseña a ambos cónyuges en el matrimonio que oren por su pareja y por sus hijos, para que Dios les conceda siempre la felicidad y la satisfacción verdadera a su pareja y también a sus hijos, y convierta a su descendencia en precursores y líderes de una generación justa y temerosa de Dios.

Basta con aplicar esta enseñanza a nosotros mismos para percatarnos plenamente del significado del versículo. Cuando deseamos algo vagamente, ello no tiene por qué influenciar nuestra conducta de forma significativa, pero cuando oramos por ello en serio, nuestra conducta queda, necesariamente, influenciada por esta oración. Como ejemplo adicional, consideremos que hay muchos entre nosotros que desean ser veraces, y, sin embargo, rara vez este deseo se ve traducido a la práctica. Quienes rezan sinceramente a Dios para que el haga que sean veraces, se encuentran mucho más influenciados en su conducta por su oración, que quienes lo desean por algo más impreciso. Se realiza un esfuerzo auténtico para modelar la conducta propia con el fin de mejorarla. Una persona actuaría de forma muy extraña, si después de ofrecer esta oración tratase a su esposa y a sus hijos de manera inconsistente con dicha oración.

Dirigiéndose exclusivamente a la generación más joven, respecto a sus derechos y obligaciones, el Santo Corán advierte:

¡Oh vosotros, los creyentes! Temed a Al’lah; y que cada alma considere lo que prepara para el mañana. Temed a Al’lah; pues en verdad Al’lah conoce muy bien lo que hacéis. (C. 59: Al-Hashr: 19)

El Corán advierte a los padres que si fracasan en el ejercicio de su responsabilidad hacia su descendencia, y dejan tras de sí una generación que sea censurable por su conducta, entonces serán los padres quienes habrán de responder ante Dios.

De igual manera se advierte a los padres que

“no maten a sus propios hijos” en el sentido que se contribuyan o sean responsables, en alguna medida, de la destrucción de su carácter. (p.e. C. 6: Al-An’am: 152)

No sólo los hijos propios sino toda la generación joven en su conjunto, han ser tratados con amor, bondad y respeto, según el consejo firme ofrecido por el Santo Profeta del Islam, la paz y bendiciones de Dios sean con él:

Mostraos siempre bondadosos con vuestros niños (Ibn Mayah: Libro del Adab C. Birul Walad)

No puedo dejar de señalar que esto es exactamente lo que el mundo actual necesita hoy día. Se está produciendo un debate serio en estas fechas en el Reino Unido, respecto a la introducción de una legislación nueva que haría a los padres responsables subsidiarios ante la ley, de crímenes cometidos por sus hijos, y, en consecuencia, serían tratados como delincuentes en los juzgados de menores. Existe el sentimiento de que, de haber cumplido los padres su responsabilidad en disciplinar más seriamente a sus hijos, se vería muy disminuido el delito en las calles de Gran Bretaña. Sin embargo, la cuestión que se plantea es ¿hasta qué punto las medidas punitivas y restrictivas pueden mejorar la calidad de vida en una sociedad cuando no existe un fondo de ética religiosa que funcione en cada esfera de la vida?

Desaliento de propósitos inútiles

El Santo Corán continúa desarrollando este tema sobre la sociedad, declarando:

Y quienes rehúyen todo lo que es vano. (C. 23: Al-Muminun: 4)

Todos los que poseen sabiduría, evitan desperdiciar energías en propósitos inútiles y carentes de sentido.

Dedicar tiempo para divertirse con moderación no es malo ni lo prohíbe el Islam. Sin embargo, si la diversión ejerce una influencia negativa en la sociedad en su conjunto, ciertamente no es recomendada. Por otra parte, si en lugar de proporcionar un desahogo genuino al estrés de la vida, la diversión se convierte en un objetivo en sí misma, es condenada como LAGHW (vana e inútil) en la terminología coránica. Cuando la diversión comienza a interferir en los asuntos cotidianos o hipoteca el tiempo disponible que hubiera podido emplearse mejor de otra manera, también se considera como vana según la palabra árabe LAGHW.

La televisión ha aportado un inmenso bien a la sociedad, pero los niños permanecen todo el día con los ojos pegados a la pantalla. Cuando los hombres vuelven del trabajo, continúan sentados ante el aparato sea cual sea el programa que la TV ofrece. Al actuar así desatienden sus responsabilidades hacia sus hijos, mujeres, amigos y hacia la sociedad en general. La TV ciertamente se ha convertido en una plaga moderna. Se gasta tanto tiempo en esta época viendo la televisión, que constituye un reto difícil para cada uno sopesar correctamente los pros y contras de esta actitud. Pero esto no es todo.

Al mostrar filmes violentos, la TV presenta a menudo una imagen del crimen, que, en lugar de originar un sentimiento de repulsión en el corazón de los niños, consigue justo lo contrario. Incluso en programas exclusivos para los niños es común encontrar figuras populares que, maliciosamente, inventan travesuras que hacen estragos en la paz del hogar. Por muy entretenidos y divertidos que sean tales programas, no son, ciertamente educativos. No hay duda que muchos niños difíciles deben el origen de su conducta al visionado de tales programas y crecen con la posibilidad de convertirse en delincuentes en potencia.

En los programas para adultos, se enseñan de forma sutil métodos innovadores de trasgresión. Una vida ociosa de juego y diversión que representa lo que debería ser la existencia, se dibuja de forma tan prometedora que acaba dejando una falsa impresión en la mente. ¡Qué poca  consciencia de la distancia entre la fantasía y la realidad, y lo que debería ser y lo que es!

El afán por los placeres vanos que el Santo Corán prohíbe no es un asunto menor o sin consecuencias, como muchos podrían considerar. Este y otros modos similares de diversión juegan un papel importante en la creación de un ambiente donde el nivel de frustración no hace sino aumentar. Uno se pregunta cuándo se alcanzará el punto de saturación.

Contención de los deseos

El Santo Corán exige la contención de los deseos: no debe permitirse que la envidia de origen a deseos insaciables y desmesurados.

Esta enseñanza encierra un mensaje muy importante respecto a la disciplina y el recorte de las ambiciones. Desde luego que el Islam no es una religión de escapismo o de negación mediante el monasticismo o el ascetismo, en el que se pide al hombre que suprima todos sus deseos naturales para lograr el Nirvana o la liberación de los vínculos materiales. Según la filosofía del Nirvana, son los deseos los que nos atan a la materia y nos hacen esclavos del materialismo. Su respuesta simple es rechazar y negarse a sí mismo todos los deseos.

El Islam rechaza esta filosofía por estar fabricada por el hombre, ser antinatural e inadecuada para resolver los problemas. El concepto de Nirvana está más cerca de la muerte que de la paz. El Islam tiene una solución totalmente diferente que ofrecer. Destruir los deseos, según el Islam, no es la respuesta para resolver el enigma de la vida.

Entre varias medidas sugeridas para crear la paz social está la amonestación de que el hombre debe disciplinar y restringir sus deseos y mantenerlos bajo control. De otra manera, sería imposible para ningún hombre conseguir la paz a través de la satisfacción del deseo. Como indicamos anteriormente, los deseos siempre van más rápidos de lo que se pueden perseguir. Por pequeñas que parezcan estas medidas, son potencialmente muy efectivas e importantes. Por ejemplo el Santo Corán afirma:

Y no fuerces tus ojos tras lo que hemos concedido a algunas clases de ellos para que disfruten durante breve plazo -el esplendor del mundo presente- para que les probemos con ello. Pues la merced de tu Señor es mejor y más duradera. (C. 20: Ta-Ha: 132)

El Santo Corán prohíbe pensar mal de los demás, comportarse ruidosamen­te, fisgonear o difamar:

¡Oh vosotros, los creyentes! Evitad al máximo las sospechas; y preveníos, pues algunas sospechas están al borde del pecado. No espiéis ni murmuréis de los demás ¿Le gustaría a alguno de vosotros comer la carne de su hermano difunto? Cierto que os repugnaría. Más temed a Al’lah, pues en verdad Al’lah es el Remisorio con compasión, y es Misericordioso. (C. 49: Al-Huyurat: 13)

Promoción de alianzas e inviolabilidad de pactos y tratados

En la sociedad islámica, la promoción de alianzas juega un papel muy importante. La inviolabilidad de pactos y tratados internacionales se considera fundamental para el concepto de unidad de la sociedad islámica. Los creyentes son descritos en el Santo Corán como:

Quienes están atentos a sus acuerdos y pactos (C.23: Al-Muminun: 9)

La erradicación del mal: una responsabilidad colectiva

La responsabilidad de educar a la gente no se confía a los gobiernos sino a la gente misma, de forma colectiva, para que hagan el bien y se abstengan del mal.

En las sociedades más desarrolladas, los basureros tienen la obligación de recoger los desperdicios no deseados de los hogares y las calles para deshacerse de ellos. En países más pobres, las amas de casa tiran sencillamen­te la basura y desperdicios a las calles hasta que estas se llenan de porquería y dejan de ser útiles como lugares de tránsito. Desde luego que los moradores tienen derecho a limpiar sus casas pero ha de existir algún sistema que también mantenga limpias las calles y caminos.

Resulta trágico señalar que aunque occidente ha entendido la importancia de la responsabilidad social de limpiar los lugares frecuentados por el público, aún haya de reconocer la necesitad acuciante de responsabilizarse de purgar a la sociedad del desperdicio criminal humano que diariamente se vierte de los hogares a las calles y lugares públicos.

El Islam trata esta cuestión de manera extensa. Responsabiliza en primer lugar a los mayores de la familia para que minimicen el desperdicio social y que contribuyan con mayor bien que mal a la sociedad.

En segundo lugar, el Islam hace responsable a la sociedad a fin de que declare, en el ámbito individual y colectivo, una guerra santa contra el mal, no con la ayuda de la espada ni con una legislación restrictiva, sino mediante la amonestación constante, el consejo y la sabia sugerencia. La amonestación y la persuasión con paciencia es el mejor instrumento, según el

Corán para limpiar a la sociedad de los males sociales:

Y que surja de entre vosotros un grupo de hombres consagrados a persuadir a la gente a hacer el bien y que invite a la bondad, imponga la justicia y disuada a la gente de caer en la maldad. Ellos serán los bienaventurados. (Es decir, tales sociedades sobrevivirán. La palabra “Muflihun” puede traducirse aquí como aquellos que son adecuados para la supervivencia) (C. 3: Al-Imran: 105)

No debe inferirse del versículo antes mencionado que la aproximación islámica al tema del mantenimiento de la salud pública y bienestar es totalmente no-gubernamental y que el Estado no tiene nada que ver en ello. Desde luego que los aspectos legislativos y su aplicación son prerrogativas del Estado. Lo que he intentado enfatizar es, simplemente, el hecho que, según el Islam, la maquinaria del Estado por sí misma es insuficiente para suprimir, desalentar o minimizar el crimen. Una vez que se permite que las tendencias criminales se desarrollen y florezcan en los hogares y la sociedad en general, lo más que puede hacer un gobierno es liquidar los síntomas de vez en cuando. La raíz causante del mal está demasiado honda para que el brazo de la ley pueda alcanzarla. Es tarea primaria de las familias, de los líderes religiosos y de los líderes de opinión pública de todas las sociedades, erradicar el mal.

Teniendo en cuenta este y otros versículos similares, el Santo Profeta, la paz y bendiciones de Dios sean con él, declaró, en cierta ocasión, que el  pueblo que les precedió acabaron trágicamente a causa de su desobediencia a la autoridad y porque dieron rienda suelta a la transgresión, no disuadiendo uno a otro de cometer la iniquidad que perpetraban. Continuó:

“En verdad, por Al’lah, debéis encomendar el bien y prohibir el mal; asid la mano del malvado y persuadirle para que actúe con razón; establecedle firmemente en la justicia; si no actuáis así, Al’lah comprometerá los corazones de algunos de vosotros con los corazones de aquellos y os maldecirá como a ellos les maldijo. (Abu Daud y Tirmidhi: Riadhus Salehin 198 p.50)

De acuerdo con el Profeta (sa), uno de los signos más serios de decadencia de un pueblo se manifiesta cuando pierden la valentía de mostrar su disgusto ante la exhibición pública de indecencia y mala conducta. El Santo Profeta, la paz y bendiciones de Dios sean con él, compara a este tipo de sociedad con los pasajeros de un barco en la siguiente tradición:

Nu’man relata que el Santo Profeta (sa) dijo: El caso de quienes respetan los límites fijados por Al’lah y el de quienes les tienen sin cuidado es similar al de los pasajeros de un barco que echan suertes para determinar quién ha de ocupar la cubierta y quién la parte inferior y se sitúan según el resultado. Los que ocupan la cubierta no poseen acceso directo al agua y, para conseguirla, han de descender repetidamente, molestando a los ocupantes del piso inferior. En un momento dado, sugieren a los del piso inferior, que si no tienen inconveniente, podrían hacer un agujero en el fondo del barco para obtener acceso directo al agua. Si los ocupantes del piso inferior dejaran llevar a cabo su propósito a los otros, perecerían todos juntos, mas si lo evitasen, todos permanecerían a salvo. (Bujari: Riadhus Salehin 189 p. 48)

Me temo que esta parábola sería aplicable a una gran parte de las sociedades contemporáneas del mundo.

Deberes y prohibiciones

Algunos versículos del Santo Corán sobre otras responsabilidades sociales que promueven la paz son:

Los siervos de Dios Clemente son quienes andan en la tierra con humildad y cuando se dirigen a ellos los ignorantes, responden: “¡Paz!” (C. 25: Al-Furqan: 64)

Si recibís una expresión de amistad, devolvedla en la misma medida, o incluso mayor. Ciertamente Al’lah tiene en cuenta todas las cosas. (C. 4: Al-Nisa: 87)

No hinches tus mejillas con orgullo, ni andes por la tierra con insolencia; en verdad Al’lah no ama a quien se comporta con arrogancia y jactancia. Y anda con paso moderado y baja la voz; en verdad, la voz más desagradable de todas es el rebuzno del asno. (C. 31: Luqman: 19-20)

El carácter que el Islam desea inculcar entre los musulmanes, impide, en sí mismo, el desarrollo del delito y la conducta irresponsable. El Islam crea un terreno sano que desalienta el crecimiento de parásitos y malas hierbas.

Este objetivo se consigue a través de enseñanzas extensas y minuciosas sobre deberes y prohibiciones que suman varios centenares. El núcleo central de esta enseñanza es común a casi todas las religiones. En lugar de señalar las diferencias doctrinales entre una y otra religión, expondré algunas de ellas junto con la referencia coránica (Capítulo: Versículo).

Deberes

Castidad: 17:33, 23:6-8; 24:31; 34:61; 25:69; 33:36; 70:30-32.

Limpieza: 2:223; 4:44; 5:7; 22:30; 74:5-6.

Control de la ira: 3:135.

Cooperación: 5:3.

Valor: 2:178; 3:173-175; 9:40; 20:73-74; 33:40; 46:14.

Hacer el bien: 2:196; 3:135; 5:94; 7:57.

Encomendar el bien y prohibir el mal: 3:111.

Sobresalir en hacer el bien: 2:149.

Cumplimiento fiel de los pactos: 2:284; 4:59; 23:9; 70:33.

Alimentar al que tiene hambre: 76:9; 90:15-17.

Perdón: 2:110; 3:135,160; 4:150; 5:7,90; 14:8; 39:8,67; 6:16.

Dar evidencia veraz: 4:136; 5:9; 25:73.

Buen trato a los empleados: 4:37.

Buen trato a los vecinos: 4:37.

Buen trato a los parientes: 2:178; 16:91; 30:39.

Agradecimiento: 2:153, 173, 186,244; 3:145; 5:7,90; 14:8; 39:8,67; 46:16.

Humildad: 6:64; 7:14, 56,147; 16:24,30; 17:38; 28:84; 31:19-20; 40:36.

Justicia: 5:9; 6:153; 16:91; 49:10.

Promover la paz entre la gente: 4:115; 49:10.

Paciencia: 2:46, 154, 156,178; 11:12; 13:23; 16:127-128; 28:81; 29:61; 39:11; 42:44; 103:4.

Perseverancia: 13:23; 41:31-33.

Pureza: 2:223; 5:7; 9:103,108; 24:22; 33:34; 74:5; 87:15; 91:10-11.

Autocontrol: 4:136; 7:202; 18:29; 30:30; 38:27; 79:41-42.

Sinceridad: 39:3-4; 98:6; 107:5-7.

Veracidad: 4:136; 5:120; 9:119; 17:82; 22:31; 25:73; 33:25, 36,71; 39:33.

Entrega a los demás: 2:208,263; 11:52; 59:10; 64:17; 76:9-10; 92:20-21.

Prohibiciones

Adulterio: 17:33.

Arrogancia: 2:35,88; 4:174; 7:37&c.

Murmuración: 49:13.

Jactancia: 57:24.

Difamación: 49:12.

Burlas: 49:12.

Desesperación: 39:54.

Envidia: 113:6.

Extravagancia: 7:32; 17:27-28.

Seguir lo que se desconoce: 17:37

Arrogancia: 17:38; 23:47; 31:19.

Dar la medida inadecuada: 83:2-4.

Apodar: 49:12

Avaricia: 4:38; 47:39; 57:2-5; 59:10; 64:17.

Perfidia: 4:106,108; 8:28,59.

Recelo: 49:13.

Mentira: 22:31; 25:73.

Hurto: 5:39.

El Islam invita a los dirigentes de todas las religiones a unir sus manos en el esfuerzo de promover e inculcar el bien y a amonestar en contra de la comisión de hechos malvados.

De hacerse así, el mundo sería mucho mejor en este aspecto.

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La paz personal en el Islam significa estar en armonía con uno mismo, con la familia, la sociedad y, lo que es más importante, con

El Islam y la Democracía

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