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Una Reflexión sobre los Inicios del Islam

Parte del libro, “Una Introducción al Islam

Prólogo

El final del siglo VI y el comienzo del VII de la era cristiana fueron, tal vez, el periodo más oscuro de la Edad Media. La religión, la moral, la cultura, la filosofía y el saber estaban en horas bajas. Sólo un destello, aquí y allá, parecía acentuar la penumbra universal.

En la Península Arábiga, la oscuridad era más profunda. La ausencia de cualquier forma de gobierno organizado dejaba la vida y la propiedad inseguras, excepto en la medida en que los pactos y feudos familiares y tribales podían ofrecer un respiro o mantener un equilibrio aproximado. Los habitantes de la península ignoraban tanto las artes de la paz como las reglas de la guerra. La rapiña y la brutalidad estaban a la orden del día, limitadas únicamente por las nociones de una ruda caballerosidad y hospitalidad y el impulso de autopreservación contra la acción retributiva de aquellos que podían reunir una fuerza superior.

Ni los videntes ni los filósofos podrían haber pensado que la curación y la salvación saldrían de Arabia.

Sin embargo, así fue. Por orden divina, una voz solitaria se alzó en La Meca, llamando a los hombres a adorar a un solo Dios y proclamando que, respondiendo a esta llamada, la humanidad alcanzaría la verdadera dignidad, el honor, la prosperidad y la felicidad tanto aquí como en el Más Allá. Esa voz era la voz de Muhammad, el Profeta del islam.

Esa voz era verdaderamente una voz en el desierto. Fue recibida con risa, desprecio y burla. Sólo aquí y allá un humilde de corazón respondía con un valiente “Sí”. Cuando poco a poco, muy poco a poco, los “Sí” empezaron a sumarse a los “Sí”, la risa y el ridículo se transformaron en persecución; amarga, cruel, salvaje y sostenida. La única razón de esta salvaje y prolongada persecución era la afirmación de la fe y el culto a un Dios Único por parte de los musulmanes.

Si se quería preservar y fomentar la fe en Dios, el único camino era escapar de La Meca. Algunos se marcharon, pero fueron seguidos y se exigió su regreso al soberano del territorio al otro lado del estrecho mar que les había dado cobijo. Tras escuchar a ambas partes, rechazó la demanda.

Trece años después del comienzo de su ministerio, el propio Muhammad recibió la orden divina de abandonar La Meca. Se escabulló en compañía de un solo, fiel seguidor, Abu Bakr, en un momento en que su casa estaba rodeada por una banda de sus enemigos que habían determinado acabar violentamente con él esa noche. Cuando se descubrió su huida, los Quraysh de La Meca organizaron una persecución, pero no lograron descubrir el lugar donde se había escondido junto con su compañero. Los Quraysh proclamaron entonces una recompensa de cien camellos para quien les presentara a Muhammad, vivo o muerto.

Finalmente, el Profeta y Abu Bakr se dirigieron a Medina. Allí el Profeta no sólo fue recibido con alegría por el pequeño grupo de musulmanes, sino que, por acuerdo entre los diferentes sectores del pueblo de Medina, fue invitado a asumir, además de sus funciones como Profeta, los deberes y responsabilidades de jefe ejecutivo de Medina. De este modo, se convirtió también en Jefe de Estado. Al enterarse de esto, los Quraysh, que ya habían puesto precio a su cabeza, comenzaron a organizar a las tribus árabes en una serie de alianzas concebidas a provocar su destrucción, la de sus compañeros y la de aquellos que osaran prestarle su ayuda o apoyo. Se inició así un estado de guerra que perseguía un propósito implacable.

A las muchas y variadas responsabilidades y ansiedades del Profeta, se añadió ahora la responsabilidad de la defensa de Medina y la protección del creciente número de musulmanes dispersos por toda la península. Él, por su parte, también procedió a ganarse la buena voluntad de las tribus y a firmar tratados con aquellas de ellas a las que podía persuadir, para que hicieran causa común con él en la promoción de la ley y el orden y el mantenimiento de la paz. Así se sentaron las bases de la pax islámica.

En las nuevas funciones que se le impusieron al Profeta, éste se comportó con el mayor de los honores. Demostró ser un líder sabio, un estadista con visión de futuro, y un comandante valiente pero humano y misericordioso. Él y sus seguidores tuvieron que enfrentarse a grandes adversidades y soportar graves privaciones y sufrimientos, pero la primera etapa de la lucha, que al principio parecía totalmente desesperada, llegó a una triunfante consumación cuando La Meca, sin derramamiento de sangre, abrió sus puertas al antiguo fugitivo y a sus compañeros, ocho años después de su huida. Entonces se presenció el espectáculo del acto de perdón más magnánimo y generoso del que la historia haya dejado constancia.

Así pues, observamos que no sólo el islam establece principios correctos para la regulación benéfica de todos los aspectos de las relaciones y la conducta humanas, sino que el Profeta del islam, a través de la Misericordia Divina, también tuvo la oportunidad de ilustrar en su propia vida su aplicación exitosa. El islam sólo permite tomar las armas para defenderse y prohíbe expresamente la agresión. El Corán designa la guerra como una conflagración que debe ser apagada tan pronto como sea posible, tan a menudo como estalle. El islam condena y prohíbe todas las prácticas y costumbres bélicas brutales y salvajes, y ha instituido una serie de normas destinadas a humanizar incluso la guerra.

Los musulmanes recibieron permiso divino para tomar las armas en defensa de la libertad de conciencia y para establecer la paz y el orden. Su éxito contra todo pronóstico despertó celos y recelos, primero entre las tribus árabes y más tarde por parte de los imperios bizantino e iraní. Estas dos grandes potencias no podían conciliarse con la repentina aparición de la república unida, progresista y dinámica del islam. Constituía un desafío a todos los valores defendidos por estos dos imperios. El islam hizo un fuerte llamamiento a los pueblos oprimidos y explotados que estaban sometidos a su autoridad. Se produjo lo inevitable. Se desató un conflicto que abrió el camino a la expansión del islam hasta los confines del mundo entonces conocido.

En un período asombrosamente breve, la oscuridad y la confusión se disiparon en vastas zonas. Se estableció el orden, surgieron todo tipo de instituciones benéficas, y se instauró un elevado orden moral. Las bendiciones del conocimiento, el saber y la ciencia comenzaron a difundirse ampliamente. El mundo experimentó una revolución asombrosa. No se trataba de un espectáculo insólito, ni de un repentino estallido seguido de un colapso aún más repentino. Fue un fenómeno caracterizado por la fuerza, la beneficencia y la resistencia. Satisfizo en grado preeminente las necesidades y anhelos del cuerpo, el intelecto y el alma humanos. Cambió el curso de la historia humana. Abrió de par en par las puertas del progreso en todas direcciones. Su impacto sigue sintiéndose hoy en día, quizá con mayor amplitud y fuerza que en ningún otro momento desde los tres o cuatro primeros siglos de la era musulmana.

 

¿Cuál es el secreto de esta fuerza y resistencia? Esta es la pregunta a la que la Dra. Vaglieri da respuesta en su valioso libro. Aporta a su tarea una amplia erudición y una profunda sinceridad, simpatía y comprensión. Estas cualidades la han llevado infaliblemente a la verdadera respuesta y no ha dudado en exponerla en términos claros. Su libro es conciso, pero abarca un amplio campo. En un breve espacio, la profesora Vaglieri ha logrado comprimir un penetrante estudio de los principales aspectos del islam. Al presentar el islam con tanta comprensión, la profesora Vaglieri no sólo ha contraído una pesada deuda de gratitud con Occidente, sino que también se ha ganado la admiración afectuosa del mundo musulmán.

Esto no significa que la tesis de la autora encuentre un apoyo unánime en todos los sectores musulmanes. Por ejemplo, en las páginas 84 y 85, da a entender que un Jalifa puede ser depuesto en determinadas circunstancias. Si bien esto puede ser cierto en el caso de un Jefe de Estado, que se regiría por las disposiciones de la Constitución, sujeto a las cuales ha asumido el cargo, manifiestamente no puede ser cierto en el caso de un sucesor espiritual, o de uno que combina las dos capacidades en su persona. Con respecto a tales Jalifas el Corán proclama la seguridad: “Me adorarán y no Me asociarán nada” (Surah 24, versículo 56). En su caso, no puede plantearse la cuestión de la abdicación o la deposición. Tales diferencias de enfoque y apreciación, sin embargo, no restan valor a su gran contribución.

Al presentar su apreciación de las enseñanzas del islam y de la vida y el carácter del Profeta del islam, la autora no ha dejado de señalar audazmente una de las principales causas de la decadencia de los musulmanes y de la desintegración de la sociedad musulmana en los tiempos modernos. También ha indicado el remedio:

Es al Libro Sagrado que nunca ha sido alterado ni por sus amigos ni por sus enemigos, ni por los eruditos ni por los iletrados, el libro que el tiempo no desgasta, sino que permanece tal como fue revelado por Dios al rudo y sencillo Apóstol, el último de todos los Profetas portadores de la ley – es a esta fuente pura a la que los musulmanes volverán. Al beber directamente de este Libro Sagrado, no dejarán de revitalizarse.

¿Cómo podría ser de otro modo? El Corán es la revelación verbal directa concedida por Dios a Muhammad. Es literalmente la Palabra de Dios. Al igual que el universo, también creación de Dios, posee la cualidad de la vida continua. Da frutos sanos y vitales en todas las épocas.

La profesora Vaglieri se distingue por ser la única entre los eruditos occidentales que prescribe este remedio para los múltiples males que han aquejado a los musulmanes en los últimos tiempos. Su tesis principal la lleva lógica e inevitablemente a esta conclusión. No obstante, es una prueba más de su profundo conocimiento de las cualidades vivificantes del manantial siempre fresco de guía omnímoda que es el Corán. El propio Corán ofrece el mismo diagnóstico y prescribe el mismo remedio. Por ejemplo, dice: (Ese día) el Mensajero dirá: “Mi Señor, mi pueblo ha tratado este Corán como si fuera algo desechable”. (Corán, 25:31)

El descuido de la guía contenida en el Corán es la causa: recurrir a esa guía es el remedio.

El mérito de que esta valiosísima obrita esté disponible en inglés corresponde al Dr. Aldo Caselli. La traducción nunca es una tarea fácil. Cuando las fuentes de la materia están contenidas en una lengua desconocida y una obra basada en estas fuentes tiene que ser traducida a una tercera lengua, las dificultades de la traducción se multiplican. La transición de un idioma a otro plantea por sí sola un problema formidable. En el caso que nos ocupa, la obra original, que trata de forma comprimida los temas más graves y delicados, exige en la traducción una cierta expansión explicativa, manteniendo al mismo tiempo una estricta fidelidad al texto. El Dr. Caselli ha logrado esta combinación con excelentes resultados.

Los estadistas responsables de todo el mundo están explorando diligentemente los medios de promover el entendimiento internacional y la buena voluntad. El problema más importante al que se enfrentan es el llamado conflicto ideológico. Para unos cuatrocientos millones de personas, repartidas desde Marruecos hasta China y Filipinas, los valores islámicos constituyen la base de una ideología que están ansiosos por promover y fomentar. Están convencidos de que estos valores proporcionan las normas más beneficiosas para una vida sana, próspera y progresista en todos los ámbitos.

Amplios sectores de este pueblo acaban de salir o están saliendo de un estado de dependencia política en el que han estado sometidos al control y la dominación de una u otra de las potencias coloniales europeas. Ahora están en condiciones de revisar la situación, interna e internacional, en la que se encuentran y llevar a cabo los ajustes necesarios. Con una paz internacional tan precariamente equilibrada entre las grandes potencias, la contribución que los pueblos musulmanes puedan aportar para mantenerla y fortalecerla puede resultar decisiva. Cada día que pasa se pone de relieve la creciente importancia de esta contribución y, en consecuencia, la necesidad vital de una comprensión y apreciación comprensivas de la fuente que, en última instancia, moldeará su pensamiento, sus políticas y sus acciones.

En los últimos años, los eruditos y escritores occidentales han mostrado una creciente conciencia de la necesidad de simpatía, comprensión y aprecio en su aproximación al islam. Pero los prejuicios que se han fomentado durante largos siglos tardarán en superarse. Es necesario un esfuerzo sostenido y enérgico para sustituirlos por una actitud de aprecio objetivo.

Otra dificultad es que Occidente ha sido demasiado propenso a atribuir los defectos y debilidades de los musulmanes de hoy en día a las enseñanzas y la influencia del islam, en lugar de a la ignorancia de la masa de los musulmanes de los verdaderos valores islámicos y a su descuido de los mismos.

En todos estos aspectos, el pequeño y admirable volumen del profesor Vaglieri satisface una necesidad urgente. Tanto los musulmanes como los no musulmanes pueden obtener grandes beneficios de su lectura. Los lectores de lengua inglesa también apreciarán la labor de amor del Dr. Caselli al publicar el texto en inglés.

Una interpretación del islam debería ser ampliamente leída. Será de gran valor para promover el entendimiento amistoso entre los musulmanes y Occidente, y fortalecer así la paz internacional.

El islam es universal en su atractivo. Los valores que enseña el islam serán aclamados con alegría en Occidente una vez que se comprendan correctamente. La obra del profesor Vaglieri será acogida como una de las grandes pioneras en abrir el camino hacia esa consumación.

ZAFRULLA KHAN

La Haya

25 de febrero de 1957

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