Parte del libro, “Una Introducción al Islam“
CAPÍTULO VII: El islam y su relación con la ciencia
La especulación racional es, como afirma Muhammad Abduh, el fundamento del islam. Como hemos visto, para despertar en el hombre la fe en un Dios único, el islam no utiliza milagros, sino la facultad ordinaria de la razón humana. Más adelante, cuando, para despertar la creencia en los Profetas y en las revelaciones divinas, el islam presenta ese gran milagro conocido como el Corán (que es en sí mismo tanto una ciencia comprensible como la palabra inteligible de Dios), no espera que el hombre acepte el islam con una fe pasiva y sin la aplicación activa de su inteligencia. Al contrario, le invita a comprenderlo, a meditar sobre él hasta el límite que la inteligencia y la razón humanas permitan, y le reta a encontrar la forma de negar su superioridad encontrando una obra que pueda ser su igual.1
La importancia que se asigna a la razón en el islam es tal que para la mayoría de los musulmanes (me refiero aquí siempre al pensamiento de Muhammad Abduh), cuando existe un conflicto irreconciliable entre una supuesta tradición y la razón, debe prevalecer esta última y rechazar la tradición como espuria. De hecho, sólo hay dos caminos a seguir: o admitimos que el camino que dicta la tradición es ininteligible, o debemos interpretarlo en consonancia con la razón. En el islam no se espera ni se exige que los creyentes acepten toda la masa de la tradición tal como es, rayando algunas de ellas en el absurdo.
Ahora bien, una religión que tiene como base la especulación racional y que da un margen tan amplio a la razón, una religión que ordena el uso de todas las facultades otorgadas al hombre por Dios y, en consecuencia, también la que es la mayor de todas, es decir, su inteligencia, ¿cómo podría una religión así ser un obstáculo en el camino de la ciencia y la filosofía?
Se ha dicho que la civilización moderna ha alcanzado un desarrollo tan feliz en Europa porque el cristianismo ha separado el poder civil del religioso, así como porque los actuales estados occidentales están libres de la influencia de la Iglesia, que durante siglos se ejerció sobre ellos. Sin embargo, no puede efectuarse tal separación en los países islámicos porque el poder civil está conectado por ley con el religioso.
Ahora bien, el islam es en el sentido más completo una religión y un Estado. Además de haber revelado a Dios al hombre, también establece derechos y deberes y reconoce que la autoridad es necesaria para que éstos sean observados. Pero el califa no es, para el musulmán, un jefe religioso. No es infalible. No proclama la inspiración de Dios y no pretende poder explicar el Corán y la tradición como autoridad vinculante. Para administrar justicia, debe ser capaz de entender lo suficiente de las Fuentes para poder ver la diferencia entre la verdad y la falsedad, pero es como todos los demás musulmanes en su comprensión del libro sagrado. Será obedecido siempre que se mantenga dentro de los límites adecuados. Si los sobrepasara, sus súbditos tendrían derecho a llamarle de nuevo a su deber, a amonestarle y, si no prestara atención a su palabra, a elegir un nuevo Califa en su lugar. Una famosa tradición dice:
“En caso de rebelión hacia el Creador, el hombre no debe obediencia alguna”.
El Califa es, en consecuencia, desde todos los puntos de vista, un árbitro civil y no es un teócrata que recibe su poder de Dios y que tiene derecho a ser obedecido por sus súbditos como consecuencia necesaria de su creencia. En el islam sólo existe un poder religioso, si podemos designar así un poder que consiste en la fuerza concedida por Dios a todos los musulmanes, desde los más humildes hasta los más nobles, de animar a los creyentes a seguir el buen camino y a alejarse del mal. El qazi, el mufti, el shaij-ul-Islam sólo tienen un poder civil, porque ninguno de ellos podría imponer su autoridad en contra de la fe de uno de sus hermanos.
¿Cómo podemos decir que el islam obstaculizó el desarrollo de la cultura en los siglos pasados, cuando las cortes y las escuelas del islam fueron faros de cultura para una Europa que en aquel momento se encontraba en medio de las tinieblas de la Edad Media; cuando los pensamientos de los filósofos árabes alcanzaron tales alturas que abrieron el camino a los eruditos occidentales; cuando Harun-erRashid exigió que se adjuntara a cada mezquita una escuela para el estudio de diversas ciencias; y cuando se abrieron bibliotecas ricas en cientos de miles de libros a los eruditos de todo el mundo islámico? ¿No fueron los árabes los primeros que aplicaron métodos experimentales, mucho antes de que Bacon proclamara su necesidad? El desarrollo de la química, de la astronomía, la propagación de la ciencia griega, la promoción del estudio de la medicina y el descubrimiento de diversas leyes físicas, ¿no son mérito de los árabes?
Si es así, entonces no podemos decir que esté en la naturaleza de su religión crear obstáculos en el camino del progreso de la ciencia. Digamos, por el contrario, que a veces el hombre de Estado se vio obligado, para preservar la paz en ciertos territorios, a reprimir corrientes de pensamiento que podían llegar a ser peligrosas para el orden público, que las luchas políticas y a veces personales, más que las causas religiosas, han determinado en el pasado las actitudes de teólogos, legisladores, tradicionistas, y filósofos. Sin embargo, debemos reconocer que hoy en día en ciertos ambientes musulmanes, existen fuertes objeciones a la ciencia racional y a la industria moderna. Los afganos, los persas, y los indios siguen fuertemente ligados a sus antiguas tradiciones. Los pueblos del Magreb están llenos de fanatismos exagerados. Todavía hay juristas tan apegados a las expresiones literales de los libros que consideran fundamentales que se niegan a expresar una opinión cuando aparece un nuevo caso para el que no se encuentra ninguna pista en esos viejos libros. O intentan mantener el caso en suspenso hasta que consiguen ponerse de acuerdo sobre una opinión bien aceptada de uno de sus autores preferidos. Pero no es justo acusar al espíritu del islam de rigidez e inmovilidad, simplemente por ciertas situaciones locales que se dan en determinadas condiciones históricas actuales o por la mentalidad excesivamente rígida de ciertos grupos musulmanes.
Por desgracia, la religión islámica, tras haber sido un tesoro árabe y haber arabizado la ciencia griega, cayó en manos de turcos, tártaros y mongoles. Éstos, después de haber sido empleados por los árabes como mercenarios y de haber venido sólo para ganar dinero, se apoderaron del mundo islámico, adoptaron la religión de los conquistados, vistiéndose con su manto sin comprender su espíritu interior ni haber educado sus corazones con ella. Esto les incapacitó para adentrarse realmente en el genio del islam. Estos bárbaros son responsables de haber intentado adormecer las mentes de sus súbditos, de haberles hecho perder el interés por la ciencia para poder dominarlos más fácilmente. Los nuevos poderes asumieron para sí, y sólo para ellos, el deber de decidir todos los asuntos de la comunidad musulmana, utilizando el concepto de la predestinación divina como medio para prohibir a sus súbditos que pensaran. También con el propósito de establecerse sobre una base sólida para defender la idea de que en adelante, las puertas de los favores de Dios estaban cerradas para todos los recién llegados (¿Cómo podía ser eso, ya que en el Corán, Dios reprocha este mismo pecado de los seguidores de otras religiones?).2
De este modo, se prohibió a los fieles juzgar y se les obligó a seguir las opiniones de sus predecesores. Estos intrusos, en una palabra, falsificaron el carácter de la religión que habían abrazado y siguieron sus prácticas externas sin comprender ni estar dispuestos a comprender su espíritu más profundo. Así es como se explica la construcción de esa “rigidez” en el islam que ha tenido consecuencias tan peligrosas, no sólo en la religión o en el derecho o en los estudios literarios y filosóficos tradicionales, sino también en diversas manifestaciones de la vida social.
No creemos necesario documentar esto con más pruebas. Afortunadamente, esta rigidez es una enfermedad destinada a desaparecer; de hecho, ya parece estar desapareciendo. Es al libro sagrado que nunca ha sido alterado ni a manos de sus amigos ni de sus enemigos, ni por los eruditos ni por los iletrados, el libro que el tiempo no desgasta sino que permanece tal y como fue revelado por Dios al rudo y sencillo Apóstol, el último de todos los Profetas portadores de la ley – es a esta fuente pura a la que los musulmanes volverán. Al beber directamente de este libro sagrado, no dejarán de sentirse revigorizados. Existen pruebas fehacientes de que este proceso ya ha comenzado.
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