Parte del libro, “Una Introducción al Islam“
CAPÍTULO I: La rápida expansión del islam
El islam, como un manantial de agua pura y refinada, se desarrolló entre pueblos bárbaros en una tierra desolada y árida, lejos de las encrucijadas de la civilización y el pensamiento humano. Su caudal era tan abundante que el manantial se convirtió rápidamente en un arroyo, luego en un río, y finalmente se desbordó y se abrió en miles de canales, derramándose por todo el país. En los lugares donde se probó el agua milagrosa, los pueblos que se habían dividido se reunieron de nuevo y se resolvieron los desacuerdos; y en lugar de la enemistad de sangre, que era la ley suprema y que servía para mantener unidas a las tribus del mismo origen, una nueva impresión comenzó a hacerse sentir: un sentimiento de hermandad entre los hombres unidos por ideales comunes de moralidad y religión. Tan pronto como este manantial se convirtió en un río irresistible, su corriente pura y vigorosa rodeó reinos poderosos que representaban civilizaciones antiguas y, antes de que sus pueblos pudieran darse cuenta de la verdadera importancia del acontecimiento, los arrolló, nivelando países, demoliendo barreras, despertando mentes adormecidas con su ruido y haciendo una comunidad unida de la más amplia variedad de naciones.
Nunca antes se había visto un fenómeno semejante en la historia. Es difícil apreciar la rapidez con la que el islam llevó a cabo sus conquistas y pasó de ser la religión de unos pocos entusiastas a la de millones de hombres. Sigue siendo un enigma para la mente humana descubrir cuáles fueron las fuerzas secretas que permitieron a rudos guerreros triunfar sobre pueblos tan superiores a ellos en civilización, riqueza, experiencia y capacidad para la guerra. Es sorprendente cómo estos pueblos pudieron ocupar tanto territorio y luego consolidar sus conquistas de tal manera que ni siquiera siglos de guerras lograron desalojarlos; cómo pudieron inspirar en las almas de sus seguidores tanto celo por sus ideales, conservar una vitalidad palpitante desconocida para otras religiones, incluso diez siglos después de la muerte de Muhammad; e infundir en las mentes de sus seguidores, aunque de una edad y cultura muy diferentes a las de los primeros musulmanes, una fe ardiente capaz de cualquier sacrificio.
El islam que, durante el periodo de la Meca del ministerio de Muhammad se había dedicado exclusivamente a hacer un ferviente llamamiento en favor del monoteísmo, se convirtió tras la emigración del Profeta y sus seguidores a Medina en una poderosa fuerza política. Muhammad, víctima paciente del sarcasmo y la persecución de los Quraysh, habiendo sido investido por Dios con la misión de defenderse de sus enemigos, se vio obligado a empuñar la espada, y desde entonces sus enemigos no le concedieron ninguna tregua que le permitiera deponerla.
No habían transcurrido ni dos años desde aquel memorable día en que Dios concedió a los musulmanes, duramente perseguidos, permiso para oponerse a la fuerza por la fuerza, que marca el comienzo del ascenso del islam y de una verdadera revolución social y política, cuando los seguidores de Muhammad ganaron su primera batalla a los habitantes de La Meca. A partir de ese día, y salvo algunos contratiempos quizás inevitables, el islam fue testigo de una serie ininterrumpida de encuentros, batallas y conquistas tanto en el ámbito religioso como en el político. En el octavo año culminaron en un acontecimiento de gran importancia: la conquista de La Meca.1
Los guerreros árabes abandonaron sus desiertos y cruzaron las fronteras hacia Palestina y, más al norte, hacia Siria. Estaba a punto de prepararse una gran expedición contra Siria, desde donde se temía el siguiente ataque, cuando la voz del Profeta, que había causado una excitación tan intensa en tantos corazones humanos, y que pronto iba a hacer un llamamiento tan fuerte a pueblos más lejanos, se acalló para siempre con la muerte en el undécimo año de la Hégira.
Arabia estaba ahora unificada. Las actividades perturbadoras de los beduinos, que intentaron revivir la anarquía del período preislámico, no lograron su objetivo, siendo derrotados y vencidos por el gobierno de Medina. Bien puede proclamarse que éste fue el primer milagro de la nueva religión: un país que durante siglos había sido campo de continuas y fratricidas batallas, ¡por fin conoció la seguridad y la paz!
El pasaje del Corán que se refiere a la universalidad del islam como la religión enviada por Dios a su Profeta como “una misericordia para todos los pueblos” (Surah 21, versículo 108) es un llamamiento directo a los mundos.2 Esta es una prueba definitiva de que el Profeta sentía con absoluta certeza que su misión iba más allá de los límites de la nación árabe y que debía transmitir la nueva Palabra a gentes de diferentes razas y lenguas. Prueba de la misma conciencia se encuentra también en la tradición que menciona que era costumbre de Muhammad dirigirse a “los rojos y a los negros”, o emplear otras expresiones similares. Otras pruebas son la mención de futuras conquistas más allá de las fronteras de Arabia y, por último, los contactos que el propio Muhammad empezó a establecer con países extranjeros.
Los Jalifas que sucedieron a Muhammad como Jefes del Estado Islámico, siendo fieles intérpretes de su pensamiento, siguieron el camino que él había abierto y llevaron la bandera del islam al centro de Asia por el Este y al Océano Atlántico por el Oeste.
Habían transcurrido dieciséis años desde la Hégira 4 cuando el imperio persa, que durante siglos había luchado contra el imperio bizantino sin que ninguno de los dos destruyera al otro, se rompió sin remedio en la batalla de Qadisiyya. El rey huido fue de provincia en provincia, hasta los límites extremos del imperio, y murió en el año treinta y uno de la Hégira. El imperio persa se convirtió en territorio árabe.
Mientras tanto, se completó la ocupación de Palestina y Siria. Estos países podían considerarse definitivamente en manos árabes en el año 19 del islam. En el año 21, el ejército victorioso avanzó hasta Mosul, en el centro de Armenia. Se construyó una flota y una expedición anual zarpó del puerto de Siria en Asia Menor para llevar la guerra hasta la mismísima capital del Imperio Bizantino. En el año 18, el primer ejército árabe apareció en Egipto, y en el año 2I Alejandría capituló. En el año 23, Trípoli fue conquistada, y en el 27 se emprendió la primera expedición importante contra el sur de Túnez. Pero ¿para qué seguir enumerando estas fechas? El ejército avanzaba rápidamente, las batallas se sucedían, el éxito parecía dar alas a los pies de los conquistadores: los Califatos de Abu Bakr (13 d.h.), de Umar (23 d.h.), de Uthman (35 d.h.) resonaban con la alegre noticia de maravillosas victorias. A éstas siguieron la organización y consolidación de los territorios conquistados, un logro no menos maravilloso que las propias conquistas.
Una vez derribadas dos civilizaciones y dos religiones, una nueva corriente de vida intensa comenzó a correr por las venas de estos pueblos exhaustos. Se desplegó ante los ojos de un mundo atónito una nueva religión: sencilla y fácil, que habla al corazón y al cerebro. Se estableció una nueva forma de gobierno que era muy superior en sus principios y cualidades morales a las existentes en aquella época. El oro que había estado oculto en las cajas fuertes de los plutócratas empezó a cambiar de manos y a ir hacia los pobres, iniciándose de nuevo un sistema de sana circulación. Hombres cultos, capaces, y inteligentes, bajo la guía de un gobierno regido por ideales honestos y democráticos, encontraron aliento en el nuevo orden y pudieron ascender a los más altos cargos públicos. Se puede afirmar que, tras algunos inevitables excesos de los soldados durante las invasiones, se inauguró una nueva era de prosperidad y riqueza, una riqueza de la que Asia no había sido testigo durante siglos. La vida de los pueblos conquistados, sus derechos civiles, y su riqueza, recibieron un grado de protección aproximado al que disfrutaban los propios musulmanes.
Perturbados por una transformación política y religiosa tan profunda, los hombres se preguntaban qué la había provocado. Pero muchos de ellos estaban ciegos o cerraban los ojos a propósito, vagando largo tiempo y sin esperanza en un laberinto de conjeturas erróneas. No podían darse cuenta de que sólo una fuerza santa podía haber dado el primer impulso a un movimiento tan vasto. No querían creer que sólo la sabiduría de Dios era responsable de la misión de Muhammad, el último de los grandes Profetas portadores de la ley, el que concluyó para siempre su serie. Tal misión tenía que ser una misión universal para toda la humanidad, sin distinción de nacionalidad, país, o raza. O estaban ciegos o no querían ver. Esta gente siguió difundiendo que la esencia del islam era la agresión violenta. Proclamaban que era una religión impuesta por la espada; la acusaban de intolerancia. Acusaron al propio Muhammad de mentir, de crueldad, y de lujuria. Intentaron demoler su admirable obra de reforma social y religiosa. Intentaron hacer aparecer la devoción de sus compañeros y seguidores como un interés egoísta, y los representaron como personas animadas únicamente por el deseo de riqueza y prosperidad mundana.
En primer lugar, debemos considerar esta acusación del “espíritu agresivo del islam”. Si con ello se quiere decir que Muhammad, a diferencia de los fundadores de otras religiones, utilizó su espada y organizó expediciones militares, buscando nuevos éxitos y conquistas lejanas, y que su ejemplo fue imitado por sus seguidores, entonces debemos decir que esto es cierto; pero también debemos buscar con una mente igualmente abierta por qué tuvo que ser así. Si la acusación es que una guerra destructiva era la forma necesaria de imponer la fe, y que la necesidad de conquistas era una parte esencial de la naturaleza misma de la religión islámica, entonces debemos rechazar la acusación, ya que podemos demostrar, utilizando como prueba el Corán y las acciones del propio Muhammad, que esto es totalmente falso.
El Profeta, como alguien inspirado, solía hablar a la gente de La Meca y contarles sus visiones celestiales, lo que le exigía soportar pacientemente las injurias y despertaba la desconfianza de los Quraysh. Cuando tomó la difícil decisión de emigrar a Medina y se convirtió así en el centro de una lucha política, tuvo que elegir entre morir ignominiosamente, lo que habría sido contrario a los deseos de Dios, o luchar para salvarse a sí mismo y a su pequeña comunidad de la ruina. La lucha se libraba entre la anarquía, el materialismo de los paganos bárbaros, y los desacuerdos y falsedades de los muy civilizados pero intolerantes judíos, por un lado, y un elevado ideal de regeneración religiosa y social, por otro.
Éste era el ideal que Muhammad deseaba alcanzar a toda costa y luchó como sólo un manso puede luchar contra la arrogancia, como quien tiene poca voluntad de luchar se ve obligado a luchar contra quienes están empeñados en destruirlo por la fuerza. Esto lo hizo con muy poca ayuda, pero con la certeza de que estaba abriendo el camino para llevar la verdad a muchas vidas, y de que era el encargado de indicar el camino correcto en medio de la oscuridad. Al llegar a Medina, tendió en primer lugar su mano amistosa a los judíos, que en esta ciudad representaban un grupo rico y floreciente. Les invitó a una cooperación leal en la unidad política y social. Pero cuando se dio cuenta de que le eran totalmente hostiles y de que seguían un camino falso y traidor, tuvo que combatirlos y castigarlos. La guerra contra los enemigos externos era una necesidad de la época; ningún árabe del desierto podía adaptarse a una condición de paz permanente, ya que había estado acostumbrado durante siglos a hacer la guerra como actividad normal. Por consiguiente, una vez que Muhammad hubo resuelto los conflictos internos, tuvo que enfrentarse a la hostilidad de los Quraysh y de las tribus que aún no mantenían con él relaciones de tratado. Pero la guerra, con sus riesgos y triunfos militares, ayudó a cimentar la nueva comunidad. Proporcionó los medios necesarios para la supervivencia de los compañeros que habían emigrado con el Profeta de La Meca a Medina. Satisfacía las propensiones naturales de los beduinos y, en un medio bárbaro que se hacía atractivo por los peligros, la audacia y las aventuras, representaba un medio de salvaguardar la vida y de facilitar el cumplimiento de la misión del Profeta. La guerra era siempre un medio para salvaguardar y exaltar la verdadera fe y no un fin en sí misma; era una defensa necesaria, no un delito injusto.
El Corán expresaba claramente esta idea:
Y combatid en la causa de Al’lah contra los que os combaten, pero no transgredáis. Ciertamente, Al’lah no perdona a los transgresores. (Surah 2, versículo 191)
Y luchad contra ellos hasta que no haya persecución y se profese libremente la religión por Al’lah. Pero si desisten, recuerda que no está permitida la hostilidad sino contra los agresores. (Surah 2, versículo 194)
Negar que los musulmanes impulsaron sus conquistas con un cierto espíritu de agresión, sería sin duda mostrar una ignorancia extrema de la naturaleza humana. Pero, ¿es realmente correcto culpar de ello a su religión? Una vez que descubrieron su fuerza y la debilidad de sus oponentes, ¿qué poder en la tierra podría haber frenado su impetuosidad y haberlos mantenido dentro de los límites de la ley? Sin embargo, incluso en la cima de su poder y su triunfo, los árabes victoriosos siempre estaban dispuestos a decir a sus enemigos: ” Abandonen la lucha, paguen un modesto impuesto y les concederemos plena protección; o acepten el islam, conviértanse en miembros de nuestra comunidad y tendrán los mismos derechos que nosotros”.
Si nos fijamos en las profecías de Muhammad o en las primeras conquistas musulmanas, es fácil comprobar lo falsa que era la acusación de que el islam fue impuesto por la espada y que sólo por ese medio podía explicarse su rápida y amplia difusión. El Corán dice:
No ha de existir coacción en la religión. Ciertamente, lo recto ha quedado separado de lo erróneo; así, quien se niegue a ser conducido por los pecadores, y crea en Al-lah, ha agarrado con seguridad una empuñadura fuerte, que no tiene grietas. Y Al-lah es quien todo lo oye, Omnisciente. (Surah 2, versículo 257)
Diles: “Es la verdad de vuestro Señor; por tanto, el que quiera creer, que crea, y el que no quiera creer, no crea”. (Surah 18, Versículo 30)
Muhammad, siguiendo siempre estos principios divinos, fue muy tolerante, sobre todo con los seguidores de las religiones monoteístas. Supo mostrarse paciente con los paganos, esperando siempre en la creencia de que el tiempo completaría su obra de conversión. Se contentaba con lo que llamaríamos una conversión puramente formal de los beduinos, porque sabía que estos hijos del desierto eran impacientes por naturaleza a los controles de cualquier tipo. Sabía muy bien que Dios entraría finalmente en el corazón humano.
“¿Por qué quieres empujar a los hombres a creer cuando la fe sólo puede venir de Dios?”, dijo un día a uno de sus seguidores. En la época en que fueron revelados los versículos que tratan de la tolerancia, no era un soñador seguido por un pequeño grupo de soñadores como él, ni un filósofo paralizado por su conciencia de la diversidad de fuerzas, sino más bien un hombre en la plenitud de su fuerza a la cabeza de un Estado altamente organizado, al mando de buenos y obedientes soldados a los que siempre podría haber utilizado contra cualquiera.
La historia de las primeras décadas del islam nos proporciona varios ejemplos de la tolerancia religiosa mostrada por los primeros Jalifas hacia los seguidores de las religiones monoteístas. Del mismo modo que el propio Profeta dio garantías a los cristianos de Neyran de que se preservarían sus instituciones cristianas y dio órdenes al jefe de una expedición a Yemen de que no se molestara a ningún judío en su judaísmo, los Jalifas dieron instrucciones similares a sus generales sobre la conducta de sus ejércitos en la guerra. Estos generales triunfantes siguieron el ejemplo de Muhammad al establecer acuerdos con los pueblos conquistados. En virtud de estos acuerdos, se concedía a los conquistados la libertad de seguir la religión y las tradiciones antiguas, siempre que los que no aceptaran el islam pagaran al gobierno un impuesto justo, la yizya. Este impuesto era menor que los que los musulmanes debían pagar a su propio gobierno. A cambio, a estos súbditos (llamados zimmi) se les concedía una protección no diferente de la que disfrutaba la propia comunidad musulmana. Por consiguiente, como las prácticas seguidas por el Profeta y por los primeros Jalifas ortodoxos se convirtieron en ley propiamente dicha para los musulmanes posteriores, no es exagerado insistir en que el islam no se contentó con predicar la tolerancia religiosa, sino que hizo de la tolerancia parte de su ley religiosa.
Una vez establecidos los acuerdos con los pueblos derrotados, los musulmanes les dejaron libres en asuntos de religión y no utilizaron la violencia para obligar a las conversiones. Los ejércitos musulmanes no fueron seguidos por una tropa de insistentes e indeseados predicadores, ni colocaron a predicadores en posiciones especialmente favorecidas para exponer o defender su credo. Por el contrario, en una época impusieron a los neófitos musulmanes una práctica que sin duda no contribuyó a facilitar la difusión del islam, a saber, la obligación de presentarse ante el qazi (juez islámico) y declarar que su conversión no era fruto de ninguna presión y que no tenía por objeto ningún beneficio mundano. Durante la época de los Jalifas Omeyas, incluso se intentó detener el flujo de conversiones, lo que resultaba un tanto embarazoso desde el punto de vista económico, ya que la pérdida de la yizya provocaba una disminución de los ingresos procedentes de los impuestos. No sólo se dejaba vivir en paz a judíos y cristianos sin cuestionar sus creencias religiosas, sino que se les nombraba para cargos en el gobierno cuando sus cualidades personales eran de tal naturaleza que atraían la atención de los gobernantes. Ciertas restricciones impuestas a cristianos y judíos en materia de libertad religiosa, ciertas normas que exigían llevar signos visibles destinados a señalarlos como judíos o cristianos, prohibiciones contra la construcción de nuevas iglesias o la reparación de las antiguas, son incidentes de épocas posteriores más marcadas por el fanatismo, cuando naciones distintas de las árabes importaron al islam cierta tendencia al fanatismo.
Por supuesto, no se puede negar que incluso los musulmanes, como los seguidores de todas las demás religiones, exhibieron algunas de esas llamas de pasión que encienden el odio y propagan la sangre. Pero debemos darnos cuenta de que éstas tenían su primera causa en hechos externos a la propia religión del islam, y que el islam tuvo el efecto de acallarlas para dejar espacio a la dulzura y la benevolencia. También hay que admitir que el islam no se libró de su parte de los conflictos entre las diversas sectas islámicas; un conflicto que trajo consigo persecuciones inevitables. Pero también para esto, la principal explicación se encuentra en rivalidades políticas o dinásticas. El propio islam no proporciona ninguna justificación ni permisión para ellas.
Cegados por el odio, los enemigos más poderosos del islam han tratado de difamar al Profeta de Dios con acusaciones calumniosas. Olvidan que Muhammad, antes de comenzar su misión, era muy apreciado por sus propios compatriotas por su integridad de conciencia y pureza de vida. Estas personas tampoco se detienen a preguntarse cómo es posible que Muhammad pudiera haber amenazado a los mentirosos e hipócritas con el fuego eterno en las ardientes palabras del Corán, si él mismo hubiera sido un mentiroso. ¿Cómo pudo atreverse a predicar, a pesar de los insultos de sus compatriotas, si él, un hombre de naturaleza sencilla, no se hubiera visto continuamente impulsado por fuerzas interiores? ¿Cómo habría podido iniciar una lucha que parecía inútil? ¿Cómo podría haberla continuada durante más de diez años en La Meca con muy poco éxito e innumerables penas, si no hubiera tenido la profunda convicción de la verdad de su misión? ¿Cómo habrían podido creer en él tantos musulmanes nobles e inteligentes, unirse a él, adherirse a la nueva fe y, en consecuencia, asociarse a una sociedad compuesta en su mayoría por esclavos, libertos e indigentes, si no hubieran sentido en su palabra la sinceridad de la Verdad? No necesitamos decir más, pues incluso entre los occidentales está bien aceptado que la sinceridad de Muhammad era profunda y verdadera.
Contra la acusación de crueldad la respuesta es fácil. Muhammad, Jefe de un Estado, defensor de la vida y la libertad de su pueblo, en el ejercicio de la justicia castigó severamente a los individuos culpables de crímenes. Esta actitud suya tiene que ser considerada a la luz de su época y también a la luz de la sociedad salvaje y bárbara en la que vivía. Muhammad, como predicador de la religión de Dios, era gentil y misericordioso incluso con sus enemigos personales. En él se mezclaban la justicia y la misericordia, dos de las cualidades más nobles que la mente humana puede concebir. No es difícil apoyar esto con muchos ejemplos que se encuentran en sus biografías. Uno de sus biógrafos dice: “La guerra, esta horrible necesidad de la vida humana, fue en la práctica hecha menos cruel por él”. Otro cuenta que solía dar esta orden a sus soldados: “Dejen en paz a los ancianos, las mujeres y los niños; absténganse de demoler las casas de quienes no se les resisten; no destruyan sus medios de subsistencia; no destruyan los árboles frutales; no toquen las palmeras.”
En otro capítulo nos ocuparemos de la acusación de libertinaje, así como de mostrar cuán noble y sublime fue realmente la obra de este reformador que, en el lapso de unos pocos años, transformó una maraña de pueblos idólatras y bárbaros en una comunidad monoteísta unida y animada por los más elevados sentimientos morales. Los hechos también refutarán el punto de vista de aquellos que ven en la mayoría de los seguidores de Muhammad sólo especuladores egoístas y ladrones codiciosos, empujados hacia su partido por el deseo de botín y conquista. Nos llevaría demasiado tiempo citar ejemplos que atestigüen el brillante ardor, la ilimitada piedad y el devoto celo de la mayoría de sus seguidores. Baste decir que hay ciertos tipos de conflictos que no pueden ganarse a menos que esté presente un factor moral muy poderoso, una fe permanente en la justicia de la causa, y este factor lo poseía el islam.
Habiendo abordado brevemente las acusaciones más comunes contra el islam, enfrentémonos a la pregunta: ¿Cómo puede explicarse que, a pesar de la gran libertad de religión concedida en las naciones islámicas a los ciudadanos no musulmanes, y en ausencia de una verdadera organización misionera, el islam siga progresando en Asia y África frente al declive generalizado de la religión en los últimos años? Hoy en día, no puede decirse que la espada del conquistador allane el camino; al contrario, en regiones que antaño fueron Estados musulmanes, nuevos gobiernos de otras religiones están en el poder y fuertes organizaciones misioneras han estado trabajando entre los musulmanes durante largos periodos y, sin embargo, no han conseguido eliminar el islam de la vida de los pueblos musulmanes.
¿Qué fuerza milagrosa se esconde en esta religión? ¿Qué poder interior de persuasión se mezcla en ella? ¿Desde qué profundidades del alma humana evoca su llamamiento una respuesta conmovedora?
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Notas a pie de página
- La costumbre de hacer razzias se ha considerado una forma legítima de guerra en Arabia desde los tiempos más remotos, y no debe juzgarse según los conceptos imperantes en la sociedad europea moderna.
- Véase Surah 12, versículo 105; Surah 38, versículo 88; Surah 68, versículo 53; Surah 81, versículo 28, donde la palabra "mundos" se interpreta en el sentido más amplio de humanidad.





