Parte del libro, “Una Introducción al Islam“
CAPÍTULO VI: La importancia del misticismo en el islam
Con el paso del tiempo, el islam, al igual que otras religiones, desarrolló un elemento místico y contemplativo, ya fuera resultado de una evolución interior natural o de influencias externas. Al principio, en el islam, cuando la observancia de los deberes de la vida cotidiana se situaba por encima de la especulación religiosa, este elemento místico no tenía ninguna posibilidad de desarrollarse. El deseo de realizar un acercamiento directo e inmediato al Creador, de estar en comunión con Él era la base esencial de toda devoción real. La necesidad, por tanto, de un conocimiento intuitivo de Dios forma parte de la fe.
Nacido de esta necesidad del creyente, el misticismo islámico, o como se denomina en la terminología técnica, el sufismo, encontró su primer elemento en el profundo sentimiento de comunión con Dios del que tan a menudo disfrutaba el Profeta cuando hablaba a sus seguidores, y en el ejemplo de su profunda misericordia. También encontró en la amplia difusión de las teorías neoplatónicas un campo propicio para su evolución. Pero seamos precisos al respecto. La idea de que los versículos del Corán contenían un significado profundo y oculto por encima del que se desprendía de la lectura, no se desarrolló por el deseo de escapar al rigor del texto y de los dogmas, sino por la convicción de que las palabras del libro divino significaban más y no menos de lo que la interpretación común había visto en ellas.
En las declaraciones más antiguas relativas a los conceptos de la luz interior, no hay ningún apoyo para la teoría de que el Profeta o los herederos directos de su enseñanza espiritual invitaran a los hombres a renunciar a la vida responsable en el mundo para cultivar la fe y lograr la realización interior de las prácticas religiosas. El ascetismo y todas sus manifestaciones, como ya hemos dicho, fueron denunciados por el Profeta. Sin embargo, en su anhelo por alcanzar la perfección espiritual, muchos musulmanes olvidaron que la existencia humana debe ser una lucha continua, y desde muy pronto, bien como reacción al exceso casi pagano de libertades desarrollado durante la época de los omeyas, bien como reacción de disgusto ante los acontecimientos políticos que iban en contra de sus sentimientos piadosos, o por otras causas, estos opositores se separaron del mundo y se entregaron a un tipo de vida enteramente dedicada al culto de Dios.
De la piedad al quietismo, el paso es corto. Del quietismo al misticismo, la evolución es natural. La antigua comunión con Dios, el sentimiento intuitivo de que el Todopoderoso era inalcanzable en medio de las distracciones de una vida mundana, dio lugar a una teoría del desarrollo espiritual que se basa en el islam, como en otras religiones, en la abnegación completa del individuo y en su dedicación absoluta a una vida contemplativa. El hombre, al encontrarse a sí mismo y liberarse de las cosas materiales, debe esforzarse por alcanzar la belleza y la bondad de Dios. Debe desprenderse de lo externo de su vida personal para lograr unir su espíritu a la existencia divina, que es la única realidad. Se trataba de un propósito muy elevado, que no podía dejar de atraer a las almas en busca de un alto grado de espiritualidad. Hizo mucho bien a los musulmanes, porque a la vez que les imprimía la idea de la posibilidad de una unión espiritual con Dios a través de un entrenamiento largo y laborioso, desarrollaba el sentimiento de dignidad espiritual. En lugar de una obediencia ciega y meticulosa, establecía la autoeducación a través de la disciplina ascética, y salvaba al alma de capitular ante un estándar materialista.
Por desgracia, el sufismo, una vez alejado de cualquier forma de disciplina, pronto se plasmó en las mentes de muchos musulmanes en formas bastante contrarias a los conceptos fundamentales predicados por Muhammad. Como resultado, empezaron a surgir ideas panteístas, códigos nuevos, y extraños y conceptos morales corruptos. Un grave peligro amenazaba al islam. Por otra parte, se estaba desarrollando un peligro que no podemos estar seguros de que no sea aún más grave que estas formas de degeneración dentro del misticismo, a saber, el auge de la teología dogmática (desgraciadamente, el deseo de imponer la conformidad y de reprimir la herejía ha sido siempre la maldición de todos los sistemas religiosos) hecha estéril por la discusión vacía de cuestiones extremadamente sutiles que la gente común no podía comprender más que en términos de la conducta de la vida. Esta teología dogmática acabó por congelarse en un tipo de formalismo muy duro que ya no podía satisfacer las aspiraciones religiosas del alma humana. Lo que es aún más trágico, la mayoría de los eruditos religiosos, en lugar de ocuparse de cuestiones teológicas, dedicaron su tiempo al estudio, considerado por ellos de suma importancia, de la ley divina en sus diversas aplicaciones prácticas. Pero, habiendo perdido de vista conceptos amplios y sanos, se perdieron en miserables discusiones de la casuística más fantástica y detallada.
Por el bien del islam, en este difícil periodo de su vida, un gran genio, un gran renovador, Al-Ghazali vino al rescate de esta religión deprimida y maltratada, dándole una vitalidad nueva, sana, fresca, y poderosa. Su invitación a una vida mística basada en la preservación de los principios ortodoxos, y recordando los ejemplos establecidos por los compañeros del Profeta, dio una nueva belleza al islam y reavivó su anterior vitalidad. Proclamaba que el desarrollo de la vida religiosa entendida por los sufíes debía fundamentarse en los preceptos prácticos del islam, mientras que “la puerta” que nos admitiría en ella sería el conocimiento de la ley, que debe ser siempre el punto de partida de la ascensión mística y del conocimiento intuitivo de Dios. Las ideas de Al-Ghazali aceptadas por la lyma se convirtieron en la piedra angular sobre la que el islam cimentó la construcción definitiva de sus ideas y de sus aspectos religiosos, librándose de la degeneración a la que le había conducido la impetuosidad desenfrenada de los místicos más extremistas. La religión vio ampliado su horizonte y volvió a la pureza y continuidad de pensamiento y sentimiento, y se convirtió en una experiencia de profundo origen interior en la que el amor a Dios era el punto central. De este modo influyó en la vida de los musulmanes de la forma más noble e íntima.
La parte intensiva de la filosofía mística se estableció en los monasterios de las diversas cofradías. Los Zavies, Ribats y Jankahs surgieron en muchas partes del mundo musulmán. Allí donde un santo, un morabito, Wali, Pir, o Sidi, o como los distintos países decidieran llamarlo, establecía su hogar y alzaba su voz y contaba sus visiones directas de Dios, los discípulos se agrupaban a su alrededor, y allí se fundaban órdenes religiosas y se impartían enseñanzas místicas.
Pero como sólo muy pocos hombres pueden ser llamados verdaderamente santos, siempre encontramos estrechamente asociados a los sinceros y honestos a un gran número de pseudosantos, a los tramposos que comercian con la credulidad de la gente, así como a una cierta colección de ignorantes y necios, cuyas mentes han sido trastornadas por las prácticas místicas. Mientras que la enseñanza de los verdaderos santos es beneficiosa, la influencia de los pseudosantos es muy deplorable. Pero, ¿cómo reconocer a los buenos y verdaderos? El quietismo de los sufíes era también un peligro para la vida social, porque, en sus manifestaciones extremas, generaba un espíritu de confianza pasiva en Dios y en su Providencia, y fomentaba así una falta de voluntad por parte de la persona devota para cubrir por sí misma sus necesidades cotidianas. Por lo tanto, sin duda, hay que imputar al sufismo una responsabilidad parcial en la decadencia actual de las naciones musulmanas. Pero, por otro lado, ¿podemos negar el gran beneficio que supuso para el islam la labor de estas cofradías? Estas fuentes de vida religiosa mantuvieron vivo el espíritu en todas las tierras musulmanas hasta las fronteras extremas, y fueron como tantos oasis dispersos en la inmensidad del desierto.
Sin embargo, es injusto por parte de los no musulmanes juzgar la esencia misma de la religión islámica por ciertas normas externas de códigos místicos. Pues éstos son considerados de forma bastante crítica por la mayoría de los musulmanes cultos e inteligentes.
Muhammad Ferid Wagdi escribe:
Hay que perdonar a los europeos si creen todas las calumnias contra el islam y contra los musulmanes. Tienen razón si muestran hostilidad hacia nuestra religión, mientras no tengan ante sus ojos más que manifestaciones de “novedades” creadas por hombres de mal juicio, aceptadas y aumentadas por la población con otras formas sospechosas de herejías y errores y que son contrarias a la naturaleza humana y a las leyes de la civilización. ¿Cómo podemos esperar que los europeos comprendan la esencia misma de nuestra religión, que es la única portadora de toda felicidad, mientras sólo conozcan ciertos rasgos externos del islam de los que son testigos todos los días, como las ruidosas multitudes en las calles que van detrás de banderas y tambores? Las muy objetables ceremonias contrarias a todo razonamiento moral que tienen lugar en todas las ciudades de Egipto con motivo del cumpleaños del Profeta; las reuniones en grandes círculos ante un público de miles de personas; la letanía mística gritada con voz potente con el acompañamiento de reverencias a derecha e izquierda; ¿y cosas similares? El culto oriental tiene dos deberes: el primero hacer saber a todo el mundo que la religión islámica, además de estar libre de muchos de los errores que los escritores le atribuyen generalmente, y de esa forma de culto que la masa quiere darle en presencia de espectadores, es en realidad el código de la verdadera felicidad. Es el ángel de la verdadera civilización, y por consiguiente que todo el mundo le debe respeto y amor, como el que le dieron los grandes filósofos que la iniciaron y creyeron en ella. El segundo deber que incumbe al musulmán culto es esforzarse por acabar con las herejías que arrastran al mundo islámico y representan una mancha oscura en Oriente, motivo de burla para todo aquel que tenga una pizca de juicio.
Usted puede convertirse en musulmán
La Comunidad Musulmana Ahmadía le invita a conocer el proceso de volverse en un musulmán áhmadi y así conseguir la salvación.





