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El Significado de los Ritos Islámicos

Parte del libro, “Una Introducción al Islam

CAPÍTULO III: El significado de los ritos islámicos

Los fundamentos del islam, aparte de su testimonio de la unidad de Dios, son la oración, el ayuno, la limosna legal, y la peregrinación. Todos estos rituales deben considerarse desde un punto de vista más que externo, pues esto sería tan superficial como admirar conchas sin darse cuenta de que están llenas de perlas preciosas. Hay que examinar íntimamente cada uno de ellos para descubrir el secreto que hace que el espíritu del creyente se purifique a través de ellos y se eleve gradualmente hacia Dios. Sólo entonces podremos ver que tienen una doble finalidad: la exaltación de Dios por parte de sus siervos, y la expresión de su gratitud por los dones otorgados por Él.

Llamados por la palabra del Al-muez’zin (el llamador hacia la oración) a cumplir con su primer deber religioso, el de la oración, incluso aquellos que están ocupados con asuntos mundanos son llevados a un recuerdo de su Creador. Comienzan el ritual exaltando a Dios y lo concluyen ofreciéndole sus saludos. Siempre se sienten a gusto en Su presencia. Humillándose con la frente en tierra, expresan su sumisión absoluta al Poder Divino. Las palabras y los actos de la oración islámica tienen cada uno un significado particular, que no es tan profundo que no pueda ser captado por la mente humana media.

No es éste el lugar para entrar en una exposición de los mismos; sólo diremos aquí que el carácter disciplinario de los diversos movimientos que acompañan a las palabras ayuda a mantener concentrados los pensamientos del devoto más allá del ámbito del cuerpo, y le permite expresar su devoción y dar gracias por las bondades Divinas de la manera más profunda. La práctica de mirar en dirección a La Meca mantiene vivo en el mundo musulmán el recuerdo del glorioso lugar que presenció el nacimiento de esta fe regeneradora; un centro sagrado en torno al cual giran en todo momento los sentimientos religiosos de los creyentes, todos unidos en adoración al mismo Dios.

El Corán indica el altísimo valor de la oración como medio de elevación moral y purificación del corazón:

Recita lo que te ha sido revelado del Libro, y cumple la Oración. En verdad, la Oración preserva a la persona de la obscenidad y el mal manifiesto, y el recuerdo de Al’lah es en verdad la mayor virtud. Pues Al’lah sabe lo que hacéis. (Surah 29, versículo 46)

A Dios no le importan las observancias formales de una forma de culto, pero sí exige la devoción sincera del corazón. Este concepto está claramente expresado en el Corán:

Su carne (es decir, la de los animales sacrificados) no llega a Al’lah, ni tampoco su sangre, pero es vuestra rectitud la que llega a Él. (Surah 22, versículo 37)

Muchas son las tradiciones que confirman los deseos de Dios en este asunto: “Una oración en esta mezquita de Medina”, dice una de ellas, 

“vale más que mil oraciones en cualquier otra mezquita, a excepción del santuario de La Meca; una oración pronunciada allí vale más que cien mil oraciones recitadas en otras mezquitas. Pero por encima de todo está el valor de la oración que uno pronuncia en su propia casa, donde nadie más que Dios lo ve, y que no tiene otro propósito que el de acercarse a Dios.”

La oración del musulmán no tiene que ofrecerse necesariamente en un templo, ya que cualquier lugar de la tierra, siempre que esté limpio, está cerca de Dios y, en consecuencia, es apto para la oración. No se necesitan sacerdotes, ni sacrificios o ceremonias para elevar el corazón del hombre hacia su Creador.

Para que la oración sea válida, sólo es necesaria una condición: la pureza del cuerpo, que también significa pureza del alma, y la del vestido y el lugar. El islam reconsagró la antigua costumbre de las abluciones, utilizando el ejemplo de Muhammad para fijar los detalles de estas y de la oración. El Corán no acompaña estas prácticas de culto de ninguna prescripción especial, de modo que un eminente escritor moderno, Ameer Ali, insiste en la maravillosa sencillez y sobriedad del ritual coránico que deja el máximo de libertad respecto a la más elevada de las funciones espirituales.

El servicio del viernes, que consiste en un sermón y en oraciones recitadas en común, también tiene sus ventajas y su significado especiales. Al reunir a todos los musulmanes en el mismo ritual de humildad y sumisión al Señor, les hace sentir que todos son Sus criaturas y, por tanto, hermanos. La exigencia de que los fieles sigan al Imam, es decir, al líder, en el acto de la oración, les somete a una cierta experiencia de disciplina y obediencia. Por último, a través del sermón, el Imam abre sus corazones y los eleva hacia Dios.

El segundo “pilar” del islam es la institución del ayuno que, como es sabido, consiste en abstenerse de comer, beber, fumar, y mantener relaciones sexuales durante las horas de luz del día a lo largo de todo el mes de Ramadán. Es una práctica de disciplina, de misericordia, y de piedad. Requiere que el creyente se abstenga de todos los placeres del cuerpo durante un periodo determinado. Le enseña a refrenar sus pasiones. Al hacerle pasar hambre y comprender lo doloroso que esto puede ser, le hace sentir piedad por los pobres y los indigentes. Al hacerle apreciar lo que tiene, profundiza su gratitud hacia Dios. Este ayuno obligatorio se prescribe a las personas sanas y fuertes; no se le pide al débil, al enfermo, al viajero, al luchador por la causa de Dios, ni a la mujer durante su periodo, durante el parto, y mientras amamanta a un hijo. Esto es porque Dios no es duro con Sus criaturas, y no exige actos de devoción que estén por encima de sus fuerzas.

Todas las religiones han reconocido en cierta medida la gran importancia moral y social de dar limosna, y la han recomendado como una expresión tangible de caridad y como una forma adecuada de buscar la benevolencia de Dios. Sin embargo, sólo el islam tiene la gloria de haberla hecho obligatoria, traduciendo en prescripción y, por tanto, en realidad, la enseñanza de Cristo. Cada musulmán está obligado por ley a contribuir con una parte de su riqueza en beneficio de los pobres, los necesitados, los viajeros, los forasteros, etc. Al cumplir con este deber religioso, experimenta un sentido más profundo de la humanidad, purifica su alma de la avaricia, y comienza a abrigar la esperanza de la recompensa divina.

Todo musulmán, si se cumplen ciertas condiciones, tiene la obligación de peregrinar a La Meca al menos una vez en su vida. Las fuerzas profundas que se ocultan en esta prescripción son de tal naturaleza que la mente humana apenas puede abarcarlas, pero las que son fácilmente inteligibles revelan una sabiduría perfecta. Nadie puede negar la ventaja que supone para el islam la reunión anual en un mismo lugar de musulmanes procedentes de todas las partes del mundo: árabes, persas, afganos, indios, gente de la península malaya, gente del Magreb y Sudán, y otros. Todos convergen en el templo sagrado con el único propósito de pedir perdón a su Dios misericordioso. Al encontrarse en un lugar así con ese propósito, forjan nuevos lazos de amor y hermandad.

Al menos una vez en la vida de un musulmán se borran por completo todas las diferencias entre ricos y pobres, mendigo y emir. Durante el periodo de las ceremonias sagradas, todos visten las mismas ropas muy sencillas, todos dejan atrás sus adornos personales, y todos tienen una sola palabra de guardia: “Al’lah-u-Akbar” (Dios es grande). Los rituales que deben cumplir los peregrinos, como dar la vuelta a la casa de Dios (Kaaba), la reunión cerca del monte Arafat, y el sacrificio en Mina, despiertan en él el recuerdo de los grandes profetas y patriarcas del pasado que han estado en los mismos lugares. Reviven los hechos de Abraham, el fundador de la religión pura, de su hijo Ismael, y su esposa Agar. Despiertan en el peregrino el deseo de imitarlos en su compasión y su sumisión a la voluntad de Dios.

La sabiduría de Dios también se manifiesta en lo que podríamos llamar los aspectos limitadores de las normas relativas a la peregrinación, a saber, las que prescriben las condiciones en las que la peregrinación se hace obligatoria. Esas condiciones son la completa libertad del individuo, la capacidad de pagar los gastos que conlleva, incluido el coste del transporte, la capacidad de mantener a sus dependientes mientras el peregrino cumple con su deber religioso, y la viabilidad y factibilidad del viaje.

En otras palabras, Dios no ha impuesto al hombre la observancia de un código demasiado pesado para sus fuerzas, ni ha impuesto en ninguno de los rituales reglas inflexibles y duras. Esto es porque:

Al’lah desea daros facilidades y no desea para vosotros lo difícil. (Surah 2, versículo 186)

Al’lah no desea poneros en dificultades, sino que desea purificaros y completar Su gracia sobre vosotros, para que seáis agradecidos. (Surah 5, versículo 7)

Al’lah no impone cargas a ningún alma más allá de su capacidad. (Surah 2, versículo 287)

Al’lah desea aligerar vuestra carga, porque el hombre ha sido creado débil. (Surah 4, versículo 29)

Todos estos principios encuentran confirmación en la tradición que dice:

“Esta religión no es exigente”.

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