Desde el libro “El Islam y su respuesta a las cuestiones actuales” por Hadhrat Mirza Tahir Ahmad (ra)
La Paz Social
En verdad, Al’lah ordena la justicia y hacer el bien a los demás como si fueran parientes, y prohíbe la obscenidad, la maldad manifiesta y la transgresión. El os exhorta para que caigáis en la cuenta. (C. 16: Al-Nahl: 91)
Sabed que la vida de este mundo no es más que un juego y pasatiempo, un ornato, una fuente de jactancia entre vosotros y de rivalidad en la multiplicación de la riqueza y los hijos. Esta vida es como la lluvia: la vegetación que produce regocija a los labradores. Pero después se seca y la ves ponerse amarilla. Entonces se convierte en trozos rotos de paja. Pero en el Más Allá hay un severo castigo y también el perdón de Al’lah y Su agrado. Pues la vida de este mundo no es más que un gozo engañoso de cosas engañosas. (C. 57: Al-Hadid: 21)
Volvamos al tema del papel del Islam en su contribución a la paz social en la sociedad contemporánea.
El orden social contemporaneo
Desgraciadamente, se está perdiendo rápidamente la influencia de la religión en el comportamiento moral de la sociedad. La situación se ve agravada por el auge que en todas partes del mundo contemporáneo tiene el deseo de liberación de toda obligación religiosa. Sin embargo, al mismo tiempo que se rechazan los códigos éticos y religiosos, de forma paralela, se incrementa el pánico nacido de la creciente falta de seguridad y desorden en el comportamiento social. La creencia en un Dios Vivo, que no sólo ha conformado el destino de los seres humanos, sino que también posee el derecho a determinar su conducta en la vida diaria, se erosiona rápidamente.
El Santo Corán resume esta condición:
El Desorden ha inundado la tierra y el mar (C. 30: Al-Rum: 42)
El cristianismo, siendo la religión predominante de occidente, mantuvo hasta comienzos del presente siglo una poderosa y efectiva influencia en el comportamiento moral de sus fieles. Es evidente que hoy ya no es así.
En su lugar ha surgido una civilización que es resultado y mezcla del socialismo científico, el rápido desarrollo tecnológico y el progreso material, que ha obligado al cristianismo a retirarse paso a paso y asumir un papel cada vez más pequeño en la modelación del comportamiento social.
La conducta moral, por tanto, en el occidente actual, tiene tanto o tan poco de cristiana en su carácter, como la conducta moral en la mayoría de los países musulmanes lo tiene de islámica. Lo mismo, por desgracia, acontece en la conducta social y moral de cualquier parte del mundo.
Hay tantos budistas, confucionistas e hindúes en el mundo actual, y, sin embargo, tan poco de budismo, confucionismo o hinduismo que pueda ser observado.
Agua, agua, en todas partes; pero ni una gota que beber.
Si en una sociedad los códigos éticos religiosos o tradicionales son deficientes, la moralidad pierde su importancia y sentido para una generación que, en absoluto, acepta a ciegas su herencia tradicional como válida y digna de confianza. Tal generación habrá de pasar necesariamente por un período crítico, de transición, de vacío total. Esto, a su vez, originará un movimiento de búsqueda imperiosa. El proceso de búsqueda podrá conducir o no al descubrimiento de un código de conducta mejor y más satisfactorio. Podría, por el contrario, acabar en un caos total o en un estado de anarquía moral. Por desgracia, tal como veo las cosas, parece que la última opción es la elección de la sociedad moderna.
Una corriente de cambio recorre las sociedades del mundo, tanto las orientales como las occidentales; las religiosas y las seculares. Se trata de un vendaval dañino que contamina la atmósfera de todo el planeta.
El mundo moderno parece estar mucho más atento y consciente del creciente nivel de polución de la atmósfera material que del progresivo nivel de polución de nuestra atmósfera social.
El Santo Corán, hablando obviamente de esta época, afirma:
Aportamos como testigo a la época en la que el hombre en conjunto se encontrará en estado de perdición, excepto aquellos pocos que crean y practiquen el bien, que exhortarán a los demás con la verdad para que acepten la verdad y les amonestarán con paciencia para que sean perseverantes. (C. 103: Al-Asr: 2-4)
La explotación, la duplicidad, la hipocresía, el egoísmo, la opresión, la avaricia, la búsqueda demencial del placer, la indisciplina, la corrupción, el robo, el atraco, la violación de los derechos humanos, el fraude, la traición, la falta de responsabilidad y la ausencia de respeto mutuo y confianza se han convertido en el sello de las sociedades modernas. La fina apariencia de civilización no puede ocultar ya la fealdad que se hace cada vez más aparente. Sin embargo, sería erróneo afirmar que estas amenazantes señales de fracaso humano no existieron en épocas pasadas. De hecho, muchas civilizaciones antiguas también sufrieron las mismas enfermedades, antes de que sus respectivos capítulos del libro de la historia del hombre se cerrara definitivamente. Sería erróneo escoger una región particular del mundo como centro de estos males morales.
Las sociedades están empezando a desmoronarse por igual en todas partes. Al contrario que en los países gobernados por filosofías totalitarias, la creciente concienciación sobre la libertad individual en el llamado mundo libre se está convirtiendo en sí misma en una tendencia desequilibrada, que es responsable en gran medida del incremento de la mala conducta social.
En los países gobernados por filosofías totalitarias, esta concienciación gradual de la libertad individual se halla en el presente ocupada en una dura batalla de liberación del individuo frente al control total del totalitarismo. A menos que exista un movimiento contra-revolucionario en la extrema izquierda de las fuerzas armadas, esta tendencia hacia una mayor libertad tiene todas las posibilidades de ganar la contienda muy pronto. Lo que pueda ocurrir después no augura un buen futuro si consideramos las perspectivas morales de los jóvenes emancipados de los antiguos países comunistas.
Casi dos generaciones se han hecho adultas en el vacío de una sociedad atea sin nada que guiara o disciplinara su comportamiento moral. Además de la ausencia del código de valores morales implícito en todas las ideologías religiosas, el peligro de las tendencias vanas e irresponsables de búsqueda del placer fácil, provenientes de Occidente, que están influenciando a la juventud de USSR y Europa Oriental, puede producir efectos devastadores en su comportamiento moral en los años venideros.
Al mismo tiempo, no puedo dejar de señalar que la experiencia de vivir sin religión durante varias décadas, no sólo ha legado infortunio a la sociedad contemporánea sino que también ha aportado algunas claras ventajas. La revolución socialista rusa rompió los lazos del mundo socialista no sólo con la religión sino también con los dogmas y creencias religiosas que se encontraban corruptos y distorsionados. Tanto si se trataba del cristianismo como del Islam, y cualquiera que fuese la secta a la que cristianos o musulmanes pertenecieran, existía un concepto medieval respecto a sus religiones respectivas que había creado en muchas áreas de creencia una contradicción entre las doctrinas religiosas y las realidades de la naturaleza. Ambas no podían ser ciertas a la vez. Hubo de pasar un cierto tiempo antes de que las mentes se entrenaran para ver las discrepancias entre las ideas religiosas y los hechos de la naturaleza, y no sentirse perturbadas por ello. Vivir con paradojas no es fácil salvo, quizás, cuando tales paradojas están imbuidas en la gente, generación tras generación. De forma gradual, llega un momento en el que las comunidades religiosas consiguen, hasta cierto punto, vivir con estas paradojas sin notar su presencia.
Entre otras cosas, la revolución socialista ha hecho posible que su gente quedara limpia de dogmas ideológicos y se curaran del estrabismo y la diplopía.
Ello, a su vez, les ha otorgado una especie de inocencia, que sólo es adquirible cuando existe una ausencia total de hipocresía. Es muy pronto para decir si este estado de inocencia puede ser utilizado para su provecho moral en el tiempo duro de sacrificios que tienen por delante; pero hay una cosa cierta. Son gente mucho más sensible a recibir el Mensaje de la verdad y a aceptarlo sin prejuicios, que cualquier otro pueblo del mundo actual.
En verdad que no puede decirse lo mismo sobre la creciente tendencia hacia el individualismo en la así llamada sociedad “libre” que habita en el mundo actual. A uno le está permitido hacer prácticamente cualquier cosa, justificándola mediante la libertad individual. Como líderes de esta tendencia, los americanos están influenciando no sólo a los europeos del primer mundo, sino también a las gentes del segundo y tercer mundo. El eco de este concepto distorsionado de la libertad individual, que libera a todos de la disciplina de la vida moral se escucha ya incluso lejos de las cortinas ideológicas del socialismo científico.
Los gay, lesbianas, drogadictos, skin-heads, punks y delincuentes de todo tipo, continúan creciendo en número y fuerza. Su audacia al defender su comportamiento preguntando simplemente ¿por qué no? a sus amonestadores, se ha convertido en el desafío amenazador de la sociedad contemporánea.
Dos entornos de orden social
El Santo Corán describe dos entornos de orden social:
a) Uno en el que el mal tiene la libertad de florecer, y
b) el otro en el que el crecimiento del mal es fuertemente inhibido.
Si se considerasen por separado las enseñanzas morales islámicas, sería muy difícil para la mentalidad occidental entender la filosofía de su Mensaje. Esto es así, porque las enseñanzas morales deben ser estudiadas como parte del entorno social. Han de ser observadas en su totalidad. No se puede entender la estación del otoño mirando únicamente a una hoja caída y seca o a parte de un árbol cambiando de color. Es preciso visualizar y sentir la atmósfera y temperamento del otoño en su totalidad para saber lo que es esta estación y cómo afecta a la vida de las plantas. De la misma forma, una golondrina no hace un verano. Mientras que el otoño desalienta la vida, la primavera la alienta. No es sólo un cambio de temperatura sino una transformación de todo el ambiente cuando el mismo viento parece insuflar vida. Los sistemas sociales son también como estaciones, con sus propias peculiaridades e influencias.
La vanidad de la sociedad materialista y su destino final
El Islam trata este tema de la misma manera. Permítanme describir, en primer lugar, una sociedad, que según el Corán no es islámica:
Sabed que la vida de este mundo no es más que juego y pasatiempo, un ornato, una fuente de jactancia entre vosotros y de rivalidad en la multiplicación de la riqueza y los hijos. Esta vida es como la lluvia: la vegetación que produce regocija a los labradores. Pero después se seca y la ves ponerse amarilla. Entonces se convierte en trozos rotos de paja. Mas en el Más Allá hay un severo castigo para el malvado, y también el perdón de Al’lah y Su agrado para el virtuoso. Pues la vida de este mundo no es más que un gozo engañoso temporal de cosas engañosas. (C. 57: Al-Hadid: 21)
De nuevo, al referirse a la vanidad de la vida material, el Santo Corán dice lo siguiente:
En cuanto a los no creyentes, sus actos son como un espejismo en el desierto. El sediento piensa que hay agua hasta que, cuando llega a ella, encuentra que no es nada. Mas encuentra a Al’lah allí, Quien le recompensa totalmente por sus acciones, pues Al’lah es rápido en la retribución. (C.24: Al-Nur: 40)
El Santo Corán lo describe como un espejismo que tienta al sediento escapándose siempre de él hasta que se vuelve tan exhausto que no lo puede perseguir ya más. En ese momento es cuando es castigado. Se le hace caer en la cuenta de que ese es el objetivo hueco y vacío que había estado siguiendo todo el tiempo. De pronto, el espejismo deja de alejarse, y le permite aferrarlo, sólo para que comprenda el amargo significado de perseguir a la nada. Este es el castigo que encuentran quienes persiguen la vanidad de la vida. Así, es como acaban todas estas sociedades, según el Santo Corán.
En contra de ello, la religión aboga por una ideología que declara que la vida en este mundo no es el destino -y el fin- de todas las cosas sino que existe una vida posterior que nos espera.
Si nuestra muerte en la tierra no es definitiva sino que continuamos viviendo de una forma u otra, tal como el Islam y otras religiones desean que creamos; si la vida en la tierra no puede ser tomada por separado de la vida en el Más Allá; y si ambas vidas deben ser entendidas como continuación una de otra, entonces sería de poca sabiduría ignorar el papel de las influencias sociales sobre una persona aquí en la tierra. El mal y las influencias inmorales e insanas han de originar un alma insana en la vida venidera.
El rechazo a la vida futura
Este no es el lugar apropiado para discutir la filosofía islámica sobre la vida después de la muerte en detalle, pero sería suficiente mencionar que, según el Islam, la forma en que conducimos nuestras vidas aquí en la tierra tiene influencia en nuestras almas de la misma manera como, en ocasiones, ciertas enfermedades de la madre embarazada influencian a su hijo en estado embriogénico. El niño puede ser tan incapacitado congénitamente que le puede suponer un auténtico infierno vivir con sus incapacidades entre los niños sanos en situación de máximo desvalimiento. El tormento puede ser aún más amargo y profundo a medida que madura su conciencia. Esto, en resumidas cuentas es como, según el Islam, damos forma a nuestro cielo o infierno.
En este contexto, debe quedar claro que cualquier tipo de orden social que promueve el comportamiento irresponsable, violento o desordenado, debe ser rechazado aun cuando pueda parecer atractivo y tentador al observador fortuito.
Es apropiado que los creyentes hagan tales afirmaciones, ya que se refieren a cuestiones del otro mundo. Después de todo, ¿quién ha regresado del así llamado otro mundo para testificar a favor o en contra de tales afirmaciones? ¿Por qué no conformarse con el pájaro en la mano en lugar de cambiarlo por cien volando? Esta es la respuesta materialista a la filosofía islámica respecto a cómo debe ser configurada la sociedad y sobre qué principios ha de basarse.
La filosofía islámica abarca la vida presente aquí en la tierra y la vida del Más Allá como un curso continuo que se rompe momentáneamente con la muerte que, de hecho, es un estado transformativo de una vida en otra. Por contra, la filosofía materialista visualiza la vida como un breve lapso accidental de conciencia que se convierte en la nada en el momento de la muerte. Por tanto, el sistema social ha de atender únicamente las necesidades relacionadas con este breve lapso de existencia. El individuo ha de responder únicamente ante la sociedad, sólo mientras viva y sólo por el aspecto de su vida que es visible y detectable; lo que queda oculto en forma de pensamientos, intenciones, planes, conspiraciones y crímenes sutilmente perpetrados queda sin detectar y sin cuestionar.
Asimismo, los delitos realizados contra la sociedad sólo son juzgados como tales cuando queda establecido, sin sombra de duda que dicho delito ha sido cometido. Existe la posibilidad del error judicial. En este orden social, la administración de la justicia no sólo es superficial y limitada sino que conduce a delitos contra la propia sociedad. Promueve la búsqueda de intereses creados y alienta el egoísmo extremo por parte del individuo.
Es también interesante señalar que en una sociedad atea o semi-atea, donde el concepto de responsabilidad después de la muerte es completamente rechazado o tratado tan vaga y ligeramente que pierde su sentido, es muy difícil encontrar una definición del delito que se asemeje a la que tiene en una filosofía moral sana. Es muy difícil concebir que los miembros de una sociedad atea se hallen verdaderamente convencidos del daño que causan cuando quebrantan una ley. Después de todo ¿qué es la ley? ¿Es la palabra del déspota o del dictador absoluto, la decisión de los regímenes totalitarios o el dictado de la mayoría democrática? Para el hombre común ¿cuál de los enunciados anteriores constituiría una legislación justa basada en una filosofía moral sólida? ¿Qué filosofía moral?
Si no debe su existencia a ningún Ser, o si no teme ser preguntado respecto a su conducta durante su vida terrenal en la vida venidera, puesto que, según su creencia, no existe el Más Allá, entonces, las respuestas desde su posición a las cuestiones antes formuladas, pueden ser muy distintas a los requerimientos de una sociedad responsable. El solo tiene una vida corta que vivir. Necesita a la sociedad para su sólo beneficio y se somete a la autoridad superior de la sociedad únicamente por necesidad. Si puede huir con algún beneficio en provecho propio y hurtar unos cuantos momentos de placer aquí y allá siendo suficientemente listo para no ser descubierto ¿por qué no hacerlo? ¿Qué tipo de inhibición “moral” podría detener su mano?
Esta actitud psicológica ante el delito se desarrolla y consolida con el paso del tiempo en las sociedades materialistas y ateas.
Esto, exactamente, ha sido mencionado en el Santo Corán como la esencia de la sociedad materialista:
Los incrédulos declaran:
“No hay otra vida fuera de la vida presente; morimos y vivimos, pero no seremos resucitados. Es decir, rechazamos el concepto de la vida después de la muerte o de la vida en cualquier otro lugar. (C. 23: Al-Muminun: 38)
De igual forma, los incrédulos se dirigen, burlándose, a los anteriores Profetas, preguntándoles:
Pues dicen: “Cuando nos convirtamos en huesos y partículas rotas ¿Seremos realmente resucitados como nueva criatura?” (C. 17: Bani-Israil: 50)
Dicen: “¡Cómo! Cuando estemos muertos y nos hayamos convertido en polvo ¿Seremos, en verdad, resucitados de nuevo? (C. 23: Al-Mu’minun: 83)
Esto, según el Santo Corán es común a todos los males de una sociedad materialista. Por ello se insiste tanto en la vida futura y en el Día de la Retribución.
En una de las tradiciones, Ibn Masud relata que el Santo Profeta (sa) en una ocasión dibujó un rectángulo, en cuyo centro trazó una línea larga cuya parte superior se prolongaba por encima del rectángulo. A lo largo de esta línea media dibujó una serie de líneas cortas. Indicó que la figura representaba al hombre, que el rectángulo que la rodeaba era la muerte, la línea media representaba sus deseos y las líneas cortas que la cruzaban eran las pruebas y tribulaciones de la vida. Dijo:
Si una de ellas le falla, cae víctima de alguna de las otras. (Bujari).
En otra tradición se describe a la muerte como la que pone fin al placer. (Tirmidhi)
Cuatro caracteristicas de la sociedad materialista
“¿Qué os ha llevado al fuego?” Ellos responderán: “No fuimos de los que ofrecían oraciones, ni alimentamos a los pobres. Nos entregamos a charlas vanas con aquellos que se dedican a ellas. Y solíamos negar el Día del Juicio”. (C. Al-Muddazzir: 43-47)
Los aspectos de una sociedad atea y materialista no podrían haber sido descritos de manera más precisa y completa. Son los siguientes:
- Fracaso en realizar la oración.
- Fracaso en alimentar al pobre.
- La complacencia en los propósitos banales
- El rechazo al Día de la Retribución o de la Responsabilidad.
Antes de seguir adelante, permítanme disipar una confusión que hace difícil diagnosticar verdaderamente cuál es el estado de una sociedad. Incluso en las sociedades en las que la creencia en Dios parece estar arraigada y la creencia en el Más Allá forma parte integral de su artículo de fe, se desarrollan ciertos tipos de males que no podrían ser lógicamente concebidos entre creyentes responsables ante Dios y que han de rendir cuentas en la vida venidera.
La cuestión que se plantea pues, es ¿por qué tales sociedades creen en Dios y en el Más Allá y sin embargo todas las demás características permanecen materialistas en su totalidad? La respuesta no es difícil de averiguar cuando se examina con detalle la naturaleza de sus creencias. De hecho, una remota creencia teosófica en Dios no puede influenciar el comportamiento social de tales creyentes. ¿Cómo puede coexistir la fe genuina en Dios con la mentira, la falsedad, el individualismo, la usurpación del derecho de los demás, la corrupción y la crueldad? El concepto que de Dios tienen tales sociedades es sólo cosmético, demasiado irreal y etéreo para desempeñar un papel activo en la modelación de la conducta humana. De igual manera, la creencia en la vida futura y la responsabilidad de rendir cuentas se reduce a la pálida sombra de una posibilidad remota. En cada instante de elección los intereses inmediatos prevalecen y desplazan cualquier consideración sobre la vida venidera.
Cuando hablamos de sociedades materialistas, no sólo queremos significar a aquellas que se han rebelado abiertamente contra la idea de Dios y de la Vida Futura. La mayoría de las sociedades “creyentes” y ateas aparentan estar en extremos diametralmente opuestos en sus ideologías, pero, en la práctica poseen similitudes muy próximas.
La responsabilidad
El Santo Corán, por el contrario, declara:
A Al’lah pertenece todo cuanto hay en los cielos y en la tierra. Él es el Dueño. Posee el derecho de conformar vuestros destinos y vuestro orden social. Tanto si reveláis lo que hay en vuestras mentes como si lo mantenéis oculto, Al’lah os pedirá cuentas por ello y os interrogará respecto de vuestros pensamientos y actos malvados; después perdonará a quien considere merecedor de ser perdonado y castigará a quien considere merecedor de ser castigado; y Al’lah tiene poder para hacer todo lo que desea. (Cap. 2: Al-Baqarah: 285)
El Santo Corán añade:
No sigas lo que no conoces. En verdad, el oído, el ojo y el corazón, serán todos llamados para dar cuenta. (C. 17: Bani Israil: 37).
Aquí, la palabra corazón significa en el lenguaje del Santo Corán, la fuerza última que se encuentra detrás de todo acto humano. Fu’wad, significa en el Santo Corán la voluntad decisiva y suprema que opera en el cerebro de igual manera que se hacen funcionar los ordenadores. Por lo tanto, esta voluntad decisiva es la fuente de todo bien y todo mal y es la que, en forma de una vida nueva tras la muerte, habrá de rendir cuentas junto a los ojos y el oído.
Estudiemos ahora los rasgos de las sociedades descreídas con mayor proximidad. Ocurre que el ateísmo y la no-creencia en la vida venidera permanecen de forma vaga e indetectable en un estado semi-inconsciente. En las creencias, de forma aparente, se continúa suscribiendo la existencia de Dios y la creencia en el Más Allá, pero en todos los aspectos prácticos no parece que sea cierto. En ocasiones supone una crisis el hecho de hacer conscientes estas realidades ocultas. A veces, generaciones enteras viven sin darse cuenta de la inconstancia y fragilidad de sus ideas. Cuando una era se agota dando lugar a una nueva era que emerge gradualmente, la sociedad tiende, en conjunto, a re-examinar sus creencias heredadas. Es en esos momentos, cuando el ateísmo y la no-creencia en la vida venidera, que habían permanecido sin detectar y sin ser criticados, comienzan a salir a la superficie. En una sociedad entregada a la persecución del placer desenfrenado e indiscriminado, el rechazo consciente de Dios y de la vida venidera acelera rápidamente el proceso de degradación moral y deterioro de valores fundamentales.
La dirección de la civilización, al margen de qué región del mundo o qué época de la historia humana se trate, va siempre de lo más grosero a lo más refinado. Las necesidades psicológicas humanas básicas, que actúan como fuerza motivadora subyacente en la conducta humana, permanecen inalterables. Lo que cambia es la respuesta a tales variaciones. Por ejemplo, se puede saciar el hambre comiendo carne o verduras. La calidad y la frescura de la carne y de la verdura son variables. Estas, a su vez, pueden ingerirse crudas o sazonadas y cocinadas de distinta manera según el gusto.
A medida que la sociedad se desarrolla, las respuestas a las necesidades fundamentales evolucionan y se hacen más refinadas y más sofisticadas. Tal proceso continúa permanentemente, si bien el ritmo es fijado en gran medida por los factores políticos y económicos de la gente. La vanguardia de la sociedad, no obstante, siempre avanza; a veces más deprisa y a veces más despacio.
Cuando una civilización madura, el exceso de sofisticación junto con otros fenómenos perjudiciales hace que se invierta la marcha de esta tendencia progresiva. En las sociedades decadentes la dirección se invierte, de lo refinado a lo grosero.
Se trata de un tema de aplicación extensa, que requiere un estudio detallado. Lamento que quede fuera del ámbito de la conferencia de hoy, pero quisiera comentar algunos puntos.
Cuando las sociedades degeneran y les acompaña un exceso de sofisticación, comienzan a retroceder y volver a la misma respuesta animal ante sus necesidades. Ello puede no ser visible en toda actividad social y cultural, pero se manifiesta casi siempre de forma destacada en las relaciones humanas y en el estilo frente a la consecución del placer. Un somero estudio del hombre en sus respuestas ante el sexo ilustra el caso en cuestión.
Alrededor del instinto básico de reproducción a través de la regeneración sexual, el placer se halla asociado, por naturaleza, en todo el reino animal. Lo que encontramos diferente en la sociedad humana es un apartamiento gradual de la mera satisfacción de estos deseos brutos hacia una actitud gradualmente más refinada ante la satisfacción de las necesidades animales.
La naturaleza nunca deseó que el sexo fuese el objetivo último. El último objetivo ha sido siempre la reproducción y propagación de las especies. El sexo ocupaba un lugar secundario. Cuando las sociedades se vuelven decadentes, este papel queda prácticamente invertido.
El desarrollo gradual de la institución del matrimonio, los ritos asociados con esta institución y los tabúes existentes respecto a la interrelación entre los sexos masculino y femenino, podrían ser considerados por un sociólogo como un fenómeno resultante del crecimiento natural de la sociedad, sin relación con la religión. Sin embargo, tanto si el crecimiento es dirigido desde una instancia superior o si es un fenómeno aleatorio que se dirige hacia adelante por sí mismo, no se puede negar el hecho de que, de forma gradual, las respuestas para satisfacer esta necesidad fundamental se han hecho cada vez más complejas y elaboradas.
La creciente promiscuidad en las relaciones entre hombres y mujeres es, pues, sintomática de la misma enfermedad. No se trata sólo de una actitud permisiva y liberal respecto a la relación sexual sino que, ciertamente, se trata de algo mucho más importante que acompaña a esta tendencia, que pretende cambiar el entorno de esta esfera fundamental de interés y actividad humanos. El debate sobre la legitimidad o ilicitud de tal relación se mira despectivamente como algo perteneciente al pasado. Desde luego que existen diversos grupos de mentalidad religiosa estrecha que no cesan de hablar del tema, pero es fácil darse cuenta de estas gentes de mentalidad desfasada y fanática son una minoría carente de significado.
Es mucho más “moderno” en occidente considerar que el sexo es una necesidad natural que debe encontrar respuesta sin ninguna inhibición. El tradicional recato asociado a la conversación entre las mujeres se está convirtiendo en algo del pasado. La desnudez, el exhibicionismo, el lucimiento, la desvergüenza en la discusión y la confesión se consideran simples expresión pública de la verdad.
Nadie se toma la molestia de hacer extensivo el mismo argumento a otros deseos humanos naturales. ¿No se trata de un deseo animal natural, común a los humanos también, el querer poseer todo lo que a uno le plazca? ¿No es acaso un deseo natural animal sentirse airado y violento y dar rienda suelta a estas emociones en términos salvajes? Un perro débil también se ve embargado por los mismos impulsos que el perro fuerte, pero mientras que el fuerte llegaría a morder, el débil al menos podría ladrar.
¿Qué son, si no, los demás tabúes sociales -los códigos de conducta civil, el concepto de decencia etc.- que interfieren continuamente con la expresión libre de los impulsos naturales? ¿Por qué ha de ser el sexo acaso la única fuerza motivadora a la que se debe otorgar licencia libre para expresarse sin considerar la tradición, las normas, la decencia, propiedad y pertenencia?
Lo que se observa hoy día es un fenómeno que ha de ser discernido y analizado con cuidado. Lo que llamamos permisividad en la relación sexual se expresa como una tendencia creciente a hurtar y a robar en otras áreas de la actividad humana, así como a lastimar y herir a los demás. La persecución desinhibida del placer, que pervierte el gusto, nace de las mismas tendencias decadentes que están acabando con los edificios más nobles de la civilización y causando el retorno a modos de vida correspondientes a tiempos anteriores.
Las sociedades no sólo imponen a los individuos un progresivo número de ritos, tabúes, imposiciones y prohibiciones, sino que también les complacen y gratifican en el romance y en el cortejo, que juegan un papel vital en esta área. La poesía, la literatura, el arte, la música, los estilos, las modas, las exposiciones, el gusto por la fragancia y el desarrollo de la conducta decente y cultivada, son resultados, en importante medida, del mismo impulso fundamental manifestado como respuesta social.
Puede llegar un tiempo en el que la generación futura se rebele y rechace los logros sociales, conseguidos a lo largo de miles de años de progreso. Esta rebelión puede no tomar la forma de un rechazo absoluto, si bien el ojo crítico no hace sino percatarse de que el movimiento va en esa dirección. El hipismo, la vida bohemia, el sadismo, la violencia creciente asociada al sexo y el retorno de la conducta sexual a su aspecto bestial y primitivo son algunos de los ejemplos del retroceso de las tendencias antes mencionado.
Sólo es preciso salir afuera para observar los distintos grupos de jóvenes rebeldes, descuidados, viviendo en comunas, para darse cuenta de lo que está ocurriendo a la generación más joven. La suciedad y el hedor parecen haber reemplazado a la limpieza y a la fragancia. La vestimenta inmaculada ha dado paso a la ropa raída y absolutamente descuidada. Se marcharon los días en los que un momento de inspección a nuestra vestimenta resultaba sumamente embarazoso. Los “jeans” que hoy se llevan, rasgados intencionadamente para exhibir el cuerpo, se están convirtiendo en algo mucho más valioso que un par nuevo de pantalones. Desde luego que no toda la sociedad manifiesta tales signos extremos de descontento con la herencia pasada o tradicional, pero, cuando una enfermedad se afianza no todo el cuerpo ha de estar ulcerado. Pueden aparecer algunas úlceras aquí y allá que revelan el estado subyacente de enfermedad. La irresponsabilidad está creciendo. La indisciplina y el desorden comienzan a estar al orden del día. Muchos otros signos de decadencia salen a la superficie en distintas áreas de interés humano.
La persecución del placer en cada esfera de la vida exige cambios y novedades que proporcionen mayor estímulo. Las cosas que satisfacían en el pasado no lo hacen ahora. El tabaco y los intoxicantes tradicionales no son capaces de ofrecer el estímulo que la sociedad, cada vez más inquieta, necesita. Comienzan a aparecer todo tipo de drogas y ninguna medida adoptada para detener la drogadicción progresiva es suficiente. Para el drogadicto llega un momento en el que necesita un estímulo aún mayor y se inventan nuevas drogas, más fuertes, adictivas y letales, como el crack.
En el área de la música, las mismas tendencias se han introducido gradualmente en las últimas décadas de este siglo. El estudio del desarrollo de la música a lo largo de los siglos más recientes, frente a los rápidos cambios de erupción de decibelios en las últimas décadas, proporciona datos interesantes e intrigantes para analizar.
No soy, personalmente, un entendido en música, y pido perdón por anticipado si alguno de mis comentarios es considerado ajeno a la realidad del mundo musical. Sin embargo, mi intuición me hace pensar que el desarrollo progresivo de la música en occidente, a lo largo de los últimos siglos, lo ha sido en la dirección de lo sublime, lo exquisito y lo noble. Esa música producía simultáneamente paz en la mente y en el corazón. La mejor música era la que se identificaba y se acoplaba con la música latente de la mente y espíritu humanos. La armonía y la paz eran los objetivos últimos que pretendía esta evolución musical. Desde luego, existían pasajes en las obras de los grandes compositores y artistas que creaban imágenes de erupciones volcánicas, tifones, rayos, y un sentido de conmoción que se correspondía con el fenómeno externo de la naturaleza. Sus memorias se almacenaron y se preservaron indefinidamente en el mecanismo memorizador de la vida. En ocasiones, el clímax alcanzaba tal crescendo que parecía que el universo entero iba a estallar. Sin embargo, la audiencia permanecía inmóvil, sumergida en la inundación musical, sin mover un músculo ni pestañear, hasta que, de repente, se hacía un silencio total. Sólo entonces, la sala estallaba en un tremendo aplauso. Ni siquiera la música más poderosa, cargada a tope de emoción, convertía al oyente en un ser violento, explosivo y rebelde. Todo el mensaje de la música era sublime, pacífico y armonioso. Se extraía y despertaba lo mejor del hombre; lo malo se desterraba.
En verdad que durante las últimas escasas décadas asistimos a un fenómeno diferente. Los oídos de la generación contemporánea están ensordecidos por cierto tipo de música capaz de excitar pasiones vitales primitivas. Una generación inquieta y perturbada, se encuentra sólo en sintonía con una música que les enloquece. Cuanto más violenta, más popular. De nuevo pido disculpas por mis observaciones sobre el mundo de la música clásica o popular, pues me considero un ignorante en estos temas, pero estoy seguro de que la violencia, la rebelión, la locura y el vandalismo etc. están corrompiendo rápidamente las facultades humanas nobles.
El Profesor Bloom, a quien debe reconocerse cierto conocimiento de la música occidental, parece estar de acuerdo conmigo en su libro The Closing of the American Minds, cuando lamenta la erosión de las sensibilidades de los adolescentes en la era contemporánea, los cuales, según sus palabras, se hallan embrutecidos por la exposición constante a la música rock a la que considera comida-basura para el espíritu.
Existen numerosos signos visibles y palpables de esta situación enfermiza de la sociedad que está haciendo cada vez más desordenada la vida del hombre y carente de felicidad, satisfacción, paz y seguridad. El hombre puede negar la existencia de Dios cuanto le plazca, pero no puede negar la existencia de una naturaleza todopoderosa que conoce bien como castigar los crímenes contra ella cometidos.
En todas las sociedades materialistas, los factores más importantes que son responsables de la proliferación y crecimiento del mal, son más o menos los mismos. Ya los hemos comentado parcialmente con anterioridad, por lo tanto enumeraré brevemente a modo de resumen tales factores:
- El ateísmo progresivo;
- Debilitamiento de la creencia en un Dios real, poderoso, que tiene un interés verdadero en los asuntos humanos y en la forma en que los seres humanos modelan su conducta;
- Progresivo debilitamiento en las creencias en los valores éticos y tradicionales; y,
- Tendencia creciente a olvidar el fin y a considerar a los medios como fines en sí mismos
Esta es la situación que prevalece en las así llamadas sociedades “avanzadas” o “civilizadas” del mundo. Lentamente, a medida que los valores morales y éticos continúan marchitándose, comienzan a influenciar el proceso legislativo y ejecutivo de los gobiernos. Cuando no se acepta ninguna ley emanada de Dios y los valores éticos absolutos y las tradiciones nobles son desafiadas y contravenidas diariamente, cualquier legislación que pretenda disciplinar la conducta moral se vuelve también laxa y complaciente. La plataforma donde se asientan las leyes relativas al comportamiento moral comienza a tambalearse.
Un estudio comparativo de la legislación en éste área en los últimos siglos ilustra el caso que comentamos. Desaparecieron los días de Oscar Wilde en los que la homosexualidad era considerada un crimen por una sociedad que lo castigaba sin misericordia. Han desaparecido los días en los que la castidad no sólo era una virtud sino también un bien social que, de ser violado, encontraba una respuesta. El debilitamiento del delito ya no se considera motivo de alarma. Este es el problema.
La misma definición del delito está atravesando un cambio fundamental. Lo que ayer se consideraba un crimen hoy ya no lo es. Lo que se ocultaba por miedo o vergüenza, o por reprensión, se exhibe y se muestra con gran orgullo. Si esta filosofía fuera sana y merecedora de supervivencia, entonces, todas las filosofías religiosas éticas y morales deberían considerarse obsoletas e indeseadas. No servirían para ningún propósito en la era contemporánea.
La fuerza motriz de la naturaleza, que es común al mundo animado y al inanimado, radica en el principio todopoderoso del crimen y castigo y la bondad y su recompensa. En el mundo inanimado, puede adivinarse como actúa este principio en la operación inconsciente de las leyes de la naturaleza. En el mundo animado, la evolución que precedió al hombre, fue dirigida por el mismo principio que adoptó un estado semiconsciente o semilatente. A medida que se asciende desde los peldaños más bajos de las etapas de la evolución del hombre, el viaje tiene lugar desde lo más inconsciente a lo más consciente. En términos de evolución el principio del crimen y castigo, y bondad y recompensa se describe como el de supervivencia del más adecuado. A lo largo del proceso evolutivo, éste permanece como la fuerza conductora y motivadora que hace avanzar constantemente la evolución hacia adelante y hacia arriba.
Es inconcebible que cuando este proceso llegó a su consumación en el hombre, lo mejor de la creación; y la conciencia hubo adquirido horizontes mucho más lejanos que los logrados por todo lo sub-humano; de pronto, se tenga que abandonar este principio del crimen y castigo y considerarlo obsoleto. Si existe alguna meta más elevada para la creación, ha de existir alguna responsabilidad, sin la cual todo el esfuerzo carecería de significado.
Es sorprendente en extremo cómo en ocasiones los más grandes de entre los intelectuales y visionarios no consiguen ver algo tan obvio y evidente como la verdad que estamos comentando. Es el caso de Albert Einstein, el arquitecto de la teoría de la Relatividad, que afirma:
No puedo imaginar a un Dios que premia y castiga al objeto de su propia creación, cuyos propósitos se modelan por nuestro ser; un Dios, en resumen, que no es sino un reflejo de la fragilidad humana. (Albert Einstein)
Si existe un Dios, El Señor Creador cuya existencia Albert Einstein no puede negar, y si todas las leyes científicas que operan en Su creación son creadas, diseñadas y gobernadas por el mismo Ser Supremo creativo, es inconcebible que Él abandone el objeto último de Su creación suprimiendo el principio del crimen y castigo y dejando que el hombre se extravíe en el caos de un comportamiento indisciplinado e irresponsable.
En lo que respecta a la segunda parte de su observación, es obvio que no ha conseguido entender tanto el papel del crimen y castigo en el desarrollo progresivo de la creación, como tampoco el significado de que el hombre haya sido creado a imagen de Dios.
El hombre es creado a imagen de Dios no como modelo perfecto de Dios en la tierra. De haber ocurrido así, el mundo sería más que un paraíso en la tierra y todos los seres humanos serían exactamente iguales. Habría que debatir, además, si a este lugar hubiese que denominarle cielo o aburrimiento, puesto que en él no habría variedad, cambio o diferencia entre olores, colores y matices; al contrario: un mar calmado, multitudinario, incoloro y de gotas idénticas. Este no es el significado y propósito del hombre creado a imagen de Dios.
La frase posee una gran sabiduría y habla del potencial que se ha concedido al hombre. Habla del noble objetivo último que el hombre debe empeñarse constantemente en conseguir. El objetivo consiste en intentar ser perfecto como hombre adquiriendo atributos divinos y resurgiendo cada vez más parecido a Dios. No se trata de un objetivo fijo que uno pueda alcanzar de forma que, invistiéndose con la gloria de haberse convertido en la imagen de Dios, se quede allí instalado. Puesto que Dios no tiene límites en Sus atributos, cada viaje hacia Él sigue siendo ilimitado. La perfección en este contexto sólo significa el movimiento hacia la perfección desde un estado inferior hacia un estado superior de las cosas.
Dios es el Más Perfecto, el Más Justo, el Más Clemente, Siempre Misericordioso, Omnividente, Omnisapiente, el Señor Creador y Maestro del Día del Juicio. Todas las alabanzas pertenecen a Dios. El Santo Corán declara:
El es Al’lah, y no hay más Dios que El, el Conocedor de lo invisible y lo visible. El es el Clemente, el Misericordioso. El es Al’lah, y no hay Dios fuera de Él, el Soberano, el Santo, la Fuente de la Paz, el Dador de Seguridad, el Protector, el Poderoso, el Sometedor, el Altísimo. Santo es Al’lah, mucho más allá de lo que Le asocian. El es Al’lah, el Creador, el Hacedor, el Modelador. Suyos son los nombres más bellos. Todo lo que hay en los cielos y en la tierra Le glorifica, pues El es el Poderoso, el Sabio. (C. 59: Al-Hashr: 23-25)
Es este Dios el que ha creado el Universo. El no sufre de las flaquezas humanas. El Santo Corán pide constantemente a los creyentes que reflexionen sobre Sus Signos. Por ejemplo:
Bendito sea Aquel en Cuyas manos está el reino, y que tiene poder sobre todas las cosas. Quien ha creado la muerte y la vida para que pueda probar cuál de vosotros es mejor en sus acciones; pues El es el Poderoso, el Sumo Indulgente. Quien ha creado siete cielos en armonía. No puedes ver imperfección alguna en la creación del Dios Clemente. Mira de nuevo ¿Ves alguna fisura? Sí mira de nuevo, y una vez más, tu vista sólo volverá a ti frustrada y fatigada (C. 67: Al-Mulk: 2-5)
Habiendo entendido el significado de las palabras la imagen de Dios, cuando miramos atrás a todas las fuerzas de la creación del universo -desde el momento del Big Bang al día de hoy-, todo el trayecto de la creación de lo inconsciente a lo consciente, es, de hecho, un trayecto para convertirse en la imagen de Dios y para desarrollar en el hombre los atributos divinos.





